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Eritrea, un país a punto de colapsar

EJ Hogendoorn, Política Exterior  |   29 Oct 2010

Hace tan sólo una década, Eritrea era un país defectuoso pero estable. En la actualidad, sin embargo, vive sometido a una gran tensión, por no decir que se encuentra en plena crisis, y aunque no parece que vayan a producirse altercados dramáticos en un futuro cercano, el país se debilita sin remedio. La economía cae en picado, reina la pobreza y un sistema político autoritario socava su legitimidad. Sólo si la comunidad internacional se involucra podrá impedir que Eritrea se convierta en el próximo Estado fallido del Cuerno de África.

Desde su independencia en 1991, Eritrea ha pasado por numerosas dificultades. Tras la devastadora guerra con Etiopía (1998-2000) el régimen militar autoritario ha restringido el espacio político. No tolera oposición ni disidencia alguna y las cárceles se han ido llenando de prisioneros políticos, detractores, disidentes religiosos, periodistas, insumisos y fugitivos frustrados.

Las relaciones con el resto de la región y la comunidad internacional resultan complicadas. De hecho, Eritrea se ha convertido en un Estado en el que el gobierno desconfía de su propia población, de sus vecinos y del resto del mundo. Se trata de un país pobre con una economía atrofiada desde su nacimiento, del que huyen decenas de miles de jóvenes en busca de asilo en Europa y Norteamérica.

El presidente, Issaías Afewerki, aprovecha la situación de punto muerto con la vecina Etiopía para justificar la severa disciplina interna y las operaciones militares a lo largo de la región. Etiopía, por su lado, ha incumplido parte de los Acuerdos de Argel que pusieron fin a la guerra, en particular al no aceptar lo que tendría que haber sido una decisión vinculante sobre las fronteras, formulada por una comisión especial.

El fracaso del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas en conseguir el beneplácito de ambas partes reforzó en Asmara el sentimiento de que la comunidad internacional es hostil por naturaleza. La política exterior de Afewerki, a través de una guerra de poderes y no por la vía diplomática convencional, está enfocada en forzar a Etiopía a que acepte la decisión sobre las fronteras. Como resultado, la política exterior se ha militarizado y da lugar a respuestas armadas y episodios agresivos a costa de la diplomacia habitual.

Hasta la fecha, Eritrea se ha enfrentado, directa o indirectamente, a Etiopía, Yemen, Yibuti y Sudán, y se ha visto envuelto de diversas formas en los conflictos del este de Sudán, Darfur y Somalia. El país asegura guiarse por intereses legítimos de seguridad nacional, pero su  planteamiento agresivo y su tono abrasivo lo aíslan cada vez más.

El militarismo y autoritarismo que definen ahora su cultura política tienen su origen en la violenta historia de la región. Los 30 años de guerra de independencia forman parte de toda una serie de conflictos que devastaron la zona noreste de África. Sin embargo, ha sido sobre todo en la última década cuando ha quedado claro lo que significaba realmente ese legado.

El presidente Afewerki y un pequeño grupo de ex combatientes se han hecho fuertes en el poder. Mientras, han ido suprimiendo libertades sociales y socavando el desarrollo económico en favor de una agenda centrada en la unidad nacional y en la noción de que Eritrea está rodeada de enemigos. Los cada día menos numerosos partidarios de Afewerki afirman que únicamente él tiene la visión para guiar al país en estos tiempos difíciles.

Mientras tanto, el creciente número de detractores manifiesta que el presidente ha saboteado el proceso de construcción nacional y traicionado el sacrificio de los cientos de miles de personas que lucharon por la independencia, y que ha arruinado al país.

De manera sorprendente, no se han producido todavía protestas serias. La presión, sin embargo, aumenta dentro de las fronteras y en la diáspora, cuyos envíos de dinero son una importante fuente de financiación. Una serie de grupos externos de oposición, aunque todavía profundamente divididos, toman posiciones para enfrentarse al régimen.

Para evitar una nueva crisis en el Cuerno de África, la comunidad internacional y los eritreos tendrán ahora que ser más imaginativos y flexibles. Resulta de vital importancia que la comunidad internacional se involucre, tanto política como económicamente, y que evalúe de forma rigurosa los problemas internos del país, así como las presiones externas. Hay que asegurar la ayuda al desarrollo y la mejora de los vínculos comerciales para poder llevar a cabo las elecciones nacionales prometidas desde hace tiempo, así como para implementar una constitución largamente pospuesta.

Al mismo tiempo, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas en particular debería ejercer presión para que Etiopía acepte los acuerdos sobre las fronteras. Eritrea es un reflejo extremo del  crispado contexto político de la región, pero no su único saboteador.

En lugar de aislar a Eritrea, sería mejor esforzarse en comprender los orígenes de sus recelos e involucrarse más, lo que ayudaría a lidiar de manera efectiva con los riesgos que representa.

E. J. Hogendoorn es director del proyecto del Cuerno de África y director en funciones del programa de África del International Crisis Group en Nairobi.

Gabriela Keseberg Dávalos es responsable de comunicación del International Crisis Group.

Política Exterior

 
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