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Cisma en la insurgencia somalí

EJ Hogendoorn, Foreign Policy Edición Española  |   10 May 2010

Tras años de oportunidades malgastadas, el desacreditado Gobierno somalí guarda ahora un as en la manga: aprovechar las divisiones entre las facciones islamistas radicales que operan en el país. Algunos insurgentes locales, temerosos de que sus objetivos nacionalistas se diluyan al convertirse en una franquicia de Al Qaeda, podrían estar interesados en un acuerdo político. ¿Conseguirá Mogadiscio llevárselos a su terreno?

Resulta fácil mostrarse pesimista sobre el futuro de Somalia. El débil y fragmentado Gobierno Federal de Transición (GFT) parece incapaz de imponer su autoridad y de mostrarse mínimamente válido. En la actualidad, una insurgencia dominada por extremistas controla gran parte del sur del territorio y está llevando a cabo un proceso de radicalización de la juventud somalí (tanto en el país como en la diáspora), imponiendo la rama más dura del islam, proclamando su lealtad a Al Qaeda y prometiendo la yihad global. En enfrentamientos recientes, muchos civiles han muerto, más de un millón ha tenido que desplazarse y se ha desatado uno de los peores desastres humanitarios del planeta.

Sin embargo, tal y como demostró la Unión de Tribunales Islámicos (también encabezada por el actual presidente del país, Sharif Sheij Ahmed, en 2006), la situación en Somalia puede dar un giro rápido y radical si se aplican las políticas adecuadas.

No hay que olvidar que cuando el Gobierno de Sharif llegó al poder en enero de 2009, contaba con altas cotas de credibilidad y buena voluntad, tanto nacional como internacional. Y, aunque ha malgastado esta oportunidad, todavía podría promover un cambio importante si consigue aprender de sus errores.

Hasta ahora, el GFT no ha logrado planificar una estrategia de reconciliación nacional, confeccionando una lista de interlocutores potenciales y mediadores, así como los términos del diálogo. Este fracaso ha permitido que ciertos grupos en el seno del Gobierno, reticentes a cualquier tipo de distensión, consolidaran su posición. Además, no ha conseguido aprovecharse de las divisiones internas y del carácter violento que existe en el seno de la insurgencia, que se ha intensificado desde 2009. En algunas ocasiones, el Ejecutivo ha rechazado los intentos de algunos líderes guerrilleros menos extremistas y políticamente más pragmáticos de tender la mano a Mogadiscio.

El Gobierno ha estado buscando un acuerdo con la alianza anti Al Shabab, la Ahlu Sunna Wal Jama (ASWJ), un grupo islamista progubernamental que controla parte de Somalia central, como prueba de su compromiso de una reconciliación nacional más amplia. Sin embargo, este acuerdo es extremadamente frágil y se encuentra en peligro, ya que existen indicios de intentos de sabotaje por parte de poderosos miembros del Ejecutivo. El presidente Sharif no debería permitir que estos elementos se salgan con la suya.

La ASWJ, aunque se encuentra dividida, sigue siendo el bastión más efectivo en la lucha contra el avance de Al Shabab hacia el centro y el norte del territorio. Si la ASWJ decidiera abandonar al GFT, algunos poderosos partidarios de éste, tanto regionales como internacionales, podrían verse tentados de retirarle su apoyo, frustrados ante la incapacidad del Gobierno de realizar progreso alguno. Es muy probable que, si el acuerdo acaba rompiéndose, el Ejecutivo sea el gran perdedor.

Además de eso, el Gobierno necesita ampliar sus miras más allá de la tradicional “alianza de los moderados” e incluir a los grupos menos radicales de la insurgencia que están desilusionados con el extremismo creciente de Al Shabab y son más sensibles a llegar a algún tipo de acuerdo político. Actualmente, Al Shabab es un movimiento muy dividido. Un reducido grupo yihadista extranjero, apoyado por un puñado de líderes locales, como Ahmed Godane (Abu Zubeyr), Fuad Khalaf (Shongole) e Ibrahim Haji Jama (Zeyli’i), lleva desde principios de 2009 realizando intentos desesperados de alejar al grupo insurgente de sus objetivos originales. Lo que una vez fue un movimiento islamista somalí con raíces nacionalistas y estimulado, en gran parte, por ambiciones locales, ha sido secuestrado y transformado en una filial de Al Qaeda, comprometida con el concepto de yihad global y permanente. Muchos guerrilleros locales, reacios a perder apoyo entre la población, se resisten a aceptar esta dirección. Algunos de ellos han abandonado ya el movimiento y muchos otros esperan el momento oportuno para saltar del barco.

El Gobierno debería llegar hasta estos yihadistas desencantados. Es cierto que crear una “gran coalición” con los disidentes de Al Shabab será una tarea muy delicada y mantenerla, aún más difícil; sin embargo, con un poco de voluntad y determinación somalí, acompañadas del consenso y el apoyo internacional, podría ser concebible. De hecho, este puede ser el acto supremo de sacrificio colectivo que demandan patriotas somalíes de todas las clases e ideologías, para librar al país de la amenaza yihadista extranjera de una vez por todas.

Ganarse a los islamistas locales tendría un fuerte impacto en el proceso de paz y podría abrir la puerta a nuevas oportunidades. Por un lado, es muy posible que éstos trataran de dirigir a Al Shabab de nuevo hacia sus raíces ideológicas nacionalistas, debilitando poco a poco el dominio de la rama fanática, que pretende mantener al movimiento en la órbita de Al Qaeda. Por otro lado, intentarían probablemente encontrar un equilibrio entre ideología y pragmatismo político, balanza que en la actualidad se encuentra a favor de la ideología. Como resultado, podría darse la emergencia de un liderazgo sensible a las preocupaciones de los somalíes y con el que quizá sería posible alcanzar un acuerdo político.

Si esto no ocurre y la yihad extranjera logra esquivar el escollo de los islamistas locales, las consecuencias serán muy negativas y desastrosas para Somalia, para la región y para el mundo. El proceso de rápida transformación de Al Shabab en una franquicia de Al Qaeda, que ha sembrado la alarma por todo el globo en los últimos meses, podría ser irreversible. El peor de los escenarios, predicho y temido por muchos, puede que llegue a suceder.

El Ejecutivo y la comunidad internacional no pueden ser meros espectadores. Como se ha demostrado una y otra vez, no existe una solución militar para Somalia. El Gobierno Federal de Transición necesita ser más federal y más de transición; no puede concebirse a sí mismo como el nuevo Gobierno central (una espina clavada en muchos somalíes que recuerdan todavía el mandato represivo y corrupto de Siad Barré) y debería compartir el poder y los recursos con aquellos políticos que realmente controlan y administran el territorio. Tal y como hizo la Unión de Tribunales Islámicos en 2006, Mogadiscio debe acabar con los difíciles acuerdos políticos con estas autoridades locales, ya que ésta es la única forma de traer un poco de estabilidad y calma a la región. La comunidad internacional no debería conformarse con menos. Sólo de esta manera se podrá revertir el crecimiento de Al Shabab y mejorar la situación del país.

Rashid Abdi es analista y Ernst Jan Hogendoorn es director de Proyecto del Cuerno de África de International Crisis Group.

Foreign Policy Edición Española

 
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