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Kirguistán, una crisis con consecuencias aún no mensuradas

Paul Quinn-Judge, La Nación  |   26 Jun 2010

La falta de millonarios recursos naturales hace a este país de Asia central menos atractivo o “estratégico” para las grandes potencias, pero en la lucha occidental contra el terrorismo islámico o el tráfico de drogas este expedito corredor intercontinental podría ser vital.

Una crisis de gran envergadura se está instalando en Asia central, pero gran parte del mundo (y la mayoría de los gobiernos) preferirían no pensar en ella. Kirguistán ha perdido una parte significativa de su país. La violencia étnica ya ha provocado muchos cientos de muertes y, según cálculos mínimos, más de 400.000 refugiados y desplazados. Esto, en una población de sólo 5,3 millones de personas.

La calma que ha sobrevenido en el área es una fatiga temporal del combate y el nuevo gobierno provisional de Kirguistán parece incapaz de tomar ninguna medida para restaurar los hogares, las vidas diarias, la infraestructura destruida o las confianzas. Apenas puede imponer el orden.

En ese escenario el gobierno interino realizará mañana un referéndum para que los ciudadanos decidan si aprueban o no la nueva Constitución, que fortalece el Parlamento en detrimento del Presidente. Esta consulta es de vital importancia ya que, según expertos, puede generar nuevos episodios de violencia.

Sin embargo, los líderes mundiales miran hacia otro lado.

Washington está obsesionado con Afganistán y aunque los estadounidenses tienen una importante base en Kirguistán, en Manas, parecen poco inclinados a hacer mucho. Podrían incluso haber perdido sus esperanzas por la base, pero claramente no están interesados en involucrarse.

Rusia, en tanto, ve a Asia central como su patio trasero, pero tampoco demuestra interés en este tema. Y es que Kirguistán no tiene la abundancia de recursos naturales que hacen tan atractivos o “estratégicos” a sus vecinos para el mundo exterior.

Los altos líderes de Moscú (probablemente entre ellos el Premier Vladimir Putin) no quieren establecer un precedente. Es decir, no quieren intervenir en la crisis doméstica de Kirguistán, a menos que la comunidad internacional sugiera en algún momento futuro que tienen derecho a ayudar a la paz en, digamos, el permanentemente sangriento Cáucaso norte.

ORGANIZACIONES SOBREPASADAS

Con raras y nobles excepciones (entre ellas la Cruz Roja y la Comisión de la ONU para los Derechos Humanos y su agencia para los refugiados) los numerosos organismos internacionales han sido nuevamente sobrepasados.

La Organización de Seguridad y Cooperación en Europa está presidida por el venerable autócrata Nursultan Nazarbayev, de Kazajstán, el país vecino de Kirguistán. Su nación apenas logra ocultar su desdén por el nuevo régimen kirguiso.

Asimismo, el Consejo de Seguridad de la ONU ha sido, como de costumbre, tímido y reacio a los riesgos.

Y de nada vale confiar simplemente en que la crisis se disipará. Se han cometido muchas atrocidades durante las últimas semanas en Kirguistán, y hay muchas personas furiosas (y armadas) en la región. Tarde o temprano, la ira volverá a manifestarse.

PELIGROSO VACÍO DE PODER

La crisis ha debilitado al gobierno casi hasta el punto del colapso. El sur no tiene un gobierno funcional y no es impensable que lo mismo pudiese ocurrir en el norte.

Hay señales peligrosas de que se está configurando un vacío de poder. Quizá haya gente que siente que un vacío de poder en un país al que pocas personas podrían encontrar en el mapa no importa mucho. Se equivocan.

Incluso si no quieren saber acerca de los últimos días de horrorosa violencia, debieran ponderar por un momento un par de cosas importantes.

Kirguistán es una escala importante en la ruta de las drogas desde Afganistán. Gran parte de los opiáceos afganos fluyen al sur kirguiso. Hay, de hecho, posibilidades que los narcotraficantes hayan propiciado la violencia.

Las drogas pasan por allí también hacia Rusia, que ya tiene un enorme problema tanto con las drogas como con el sida transmitido por vía intravenosa, y hacia China, donde se está desarrollando el mismo problema.

El sur de Kirguistán es también una ruta de tránsito de otro commodity que Occidente teme: los combatientes islamistas. Se mueven hacia y desde Afganistán, camino a Uzbekistán pero también hacia Europa. Kirguistán es ya una escala cómoda en su larga marcha. Un país sin gobierno les dará un entorno aun más amistoso.

MEDIDAS URGENTES

Si Occidente quiere parar esto, si quiere evitar una creciente crisis humanitaria e impedir años de inestabilidad política e inseguridad, la comunidad internacional debe dejarse de indolencias. Con una mínima dosis de voluntad política hay algunas cosas que pueden hacerse rápido.

En el sur de Kirguistán, dos comunidades bien armadas, los kirguisos y los uzbekos, viven en estrecha proximidad, irritados y asustados. Antes que todo deben ser separados, idealmente por una fuerza armada internacional, si alguien tiene la valentía de ofrecer tropas.

Necesitamos también equipos médicos, que hablen la lengua común de la región para atender a los uzbekos que se niegan a tener nada que ver con los doctores kirguisos.

Principalmente se requiere un entorno seguro donde las cabezas frías en ambos bandos puedan iniciar el largo proceso de búsqueda de un punto medio. Y necesitamos hacer eso ahora, antes de que el punto medio deje de existir.

Paul Quinn-Judge, director del Proyecto Asia Central y asesor de Rusia en el International Crisis Group.

Herald Tribune, derechos exclusivos para La Nación

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