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China, difícil de convencer

Stephanie Kleine-Ahlbrandt, Foreign Policy Edición Española  |   23 Mar 2010

No surten efecto los intentos para lograr que China apoye nuevas sanciones contra Teherán por la cuestión nuclear. ¿Cuál es la estrategia de Pekín? Obtener siempre las máximas concesiones posibles tanto de Irán como de Occidente. Pero existen maneras más eficaces de poner al gigante asiático contra las cuerdas.

Estados Unidos y otros países llevan meses gastando un enorme capital diplomático para presionar a China con el fin de imponer una nueva ronda de sanciones contra Irán.

Sin embargo, estos esfuerzos han obtenido escasos resultados y no sirven más que para fortalecer las bazas estratégicas del gigante asiático. Cuanto más aguante China, mejor trato recibirá de Occidente, que tiene esperanzas en unas sanciones que, de todas formas, van a ayudar poco a resolver el punto muerto en la cuestión nuclear.

Hay varias razones para que Pekín no imponga unas sanciones de peso.

Irán es el tercer proveedor de petróleo del Imperio del Centro y acoge unas empresas chinas, tanto comerciales como del sector de la energía, en constante expansión. Además, los dos países comparten un fuerte resentimiento contra lo que consideran la intromisión de Washington en su política doméstica. El vínculo con Teherán sirve de contrapeso a los intereses estadounidenses en una región que algunos estrategas chinos consideran parte de su gran periferia.

Pekín ha llevado a cabo una ofensiva de buena voluntad en los países musulmanes desde los disturbios de Xinjiang en julio de 2009, en parte como reacción a las enérgicas condenas de los principales clérigos iraníes sobre la manera china de administrar la turbulenta provincia occidental.

A diferencia de EE UU y Europa, China no cree que sea urgente abordar la cuestión nuclear en Irán. Y no parece que compartir datos de los servicios de inteligencia occidentales con Pekín vaya a servir de mucho.

Para influir en la visión de Irán que tiene el país asiático es mucho mejor construir una coalición internacional de Estados que incluya los del golfo Pérsico y los que pertenecen al Consejo de Seguridad.

Aunque Pekín seguramente preferiría evitar una carrera de armamento en Oriente Medio, la mayoría de sus analistas no cree que el país persa vaya a ser capaz de obtener a corto plazo uranio enriquecido con calidad militar ni utilizarlo en armas. De hecho, los analistas chinos expresaron sus dudas de que Pyongyang pudiera fabricar una bomba atómica hasta el mismo momento de la primera prueba nuclear de Corea del Norte en 2006. Además, China no teme un ataque israelí inminente contra las instalaciones nucleares iraníes. Piensa que EE UU tiene motivos y capacidad para contener a su aliado.

Por último, Pekín alega que las sanciones contra Irán no van a servir de nada y que, por el contrario, serán contraproducentes, porque incitarán a la resistencia en vez del cumplimiento. El gigante asiático ha indicado que sospecha que la obsesión de Occidente con las sanciones forma parte de un plan general para fomentar un cambio de Gobierno en Teherán, un cambio de régimen que a China no le gusta nunca en ningún sitio.

Sin embargo, Pekín pagará un elevado coste político si la comunidad internacional percibe que se ha opuesto a nuevas sanciones. A pesar de sus ambigüedades, se declara comprometido con los esfuerzos internacionales en favor de la no proliferación. Está acostumbrándose al respeto y la autoestima que acompañan al hecho de ser una potencia mundial, y no quiere parecer un elemento atípico ahora que se aproximan importantes cumbres sobre cooperación nuclear global.

Los costes reales en las relaciones de China con sus principales proveedores de energía en el Golfo también ayudarían a alterar los cálculos de Pekín. Ha recibido más incentivos que problemas de estos países, incluso de Arabia Saudí, su principal proveedor de petróleo, que teme las repercusiones estratégicas de un Irán nuclear. El mes pasado, Israel envió una delegación de alto nivel al gigante asiático para intentar convencer al Gobierno de que apoyara las sanciones.

Teherán, por su parte, ha seguido una estrategia de estrechar la relación con China en materia de energía, mediante incentivos como recortes fiscales para atraer a compañías energéticas de este país. Mientras tanto, EE UU ha animado a varios Estados árabes a aumentar las exportaciones de crudo al Imperio del Centro para tratar de disminuir su dependencia de Irán. Hasta el momento, China ha aceptado contratos elaborados con la mediación estadounidense para aumentar las importaciones de los Emiratos Árabes Unidos y Kuwait.

A la hora de la verdad, Pekín se encuentra con un apoyo unánime de los demás miembros permanentes del Consejo de Seguridad a las sanciones, no utilizará su veto sino que intentará suavizar la resolución mediante una estrategia de retrasar y debilitar que permita obtener las máximas concesiones posibles de Irán y de Occidente. Por otro lado, el gigante asiático probablemente rechazará las sanciones selectivas contra varias empresas asociadas a la Guardia Revolucionaria iraní con las que los chinos hacen bastantes negocios.

Occidente está gastando un valioso capital político en conseguir que Pekín haga muy poco, una inversión no recomendable si se tienen en cuenta las escasas posibilidades de que las sanciones alcancen su objetivo en Irán.

Ahora que varios miembros no permanentes del Consejo de Seguridad han empezado a expresar su resistencia a apoyar las sanciones, como Brasil y Turquía, más le valdría a Occidente dedicar sus esfuerzos a reunir el mayor consenso internacional posible, con lo que enjaularía a China y apuntaría en línea recta a Pekín.

Stephanie Kleine-Ahlbrandt es directora de proyecto de Asia del Noreste en International Crisis Group.

Foreign Policy

 
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