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Señales rusas equívocas en el este de Ucrania

Paul Quinn-Judge, Política Exterior  |   24 Feb 2016

Uno de los elementos más peligrosos del conflicto en Ucrania, que ya va para dos años, sigue siendo la imprevisibilidad de las tácticas de la vecina Rusia. A pesar de sus declaraciones de apoyo al proceso de paz de Minsk y el reconocimiento de la soberanía ucraniana sobre las repúblicas separatistas de Donetsky Lugansk, las acciones llevadas a cabo por Moscú en el este de Ucrania parecen diseñadas para reforzar dichas entidades en lugar de prepararlas para ser desmanteladas.

El alto el fuego acordado en Minsk en febrero de 2015 se mantiene, más o menos, desde septiembre. Pero la implementación del resto del acuerdo ha progresado poco y la situación sigue siendo volátil, mientras decenas de miles de tropas permanecen cara a cara a lo largo de una frontera de 500 kilómetros. Aquellos que viven en las regiones separatistas no saben qué les deparará el futuro. Entre tanto, cerca de 10.000 personas han muerto en Ucrania desde mediados de 2014.

El Kremlin, por su parte, ve el acercamiento de Ucrania a la Unión Europea y la Alianza Atlántica como un gran amenaza para su seguridad, como en su día consideró el derrocamiento del presidente Viktor Yanukovich una campaña occidental encaminada a aislar a Rusia. En consecuencia, el presidente ruso Vladimir Putin quiere mantener Ucrania inestable y enredada en un conflicto no tan congelado, con el objetivo de que regrese, eventualmente, a su esfera de influencia.

Cualquier cosa, incluidos enfrentamientos más serios, es posible. Hasta que no haya un cambio claro en el enfoque ruso, la comunidad internacional necesita construir su política hacia Moscú asumiendo esto. Unidades del ejército ruso ya han combatido dos veces en Ucrania, incluso durante las conversaciones de paz en febrero de 2015. Moscú puede volver a recurrir a ellas si fallase el enfoque de bajo coste y baja visibilidad de apoyo a la República Popular de Donetsk (RPD) y a la República Popular de Lugansk(RPL) en un conflicto alargado en el tiempo.

Rusia podría reducir los suministros a las repúblicas rebeldes: como niega proveer tales suministros, esto podría hacerse con una publicidad mínima y sin perder demasiada reputación.

Si Moscú quisiese demostrar su compromiso con el proceso de Minsk, existen pasos concretos que podría dar. Por ejemplo, podría retirar las unidades regulares del ejército que mantiene en Donetsk y Lugansk. Dispone de fuerzas sustanciales en el lado ruso de la frontera con Ucrania, como mucho a una hora del frente. La retirada tranquila de estas unidades aumentaría de manera significativa la confianza de Kiev y Occidente en que Rusia está de verdad comprometida con Minsk.

Rusia podría también reducir los suministros a las repúblicas rebeldes. Menos combustible, lubricantes y munición para la artillería y otras armas pesadas supondrán menos movilidad y efectividad de sus fuerzas. Como Moscú niega proveer tales suministros, esto podría hacerse con una publicidad mínima y sin perder demasiada reputación. La comunidad internacional, Estados Unidos incluido, podría ofrecer como contrapartida medidas para incrementar la confianza, que incluyan tal vez un diálogo regional sobre seguridad, o consultas sobre la mejor manera de desmantelar los ejércitos poco disciplinados de las repúblicas separatistas.

Una factura de 1.000 millones de dólares

La política rusa hacia la RPD y la RPL cambió de manera abrupta en otoño de 2015. La mayoría de los asesores rusos (kurators), que se aseguran de que los líderes de ambas entidades sigan la línea marcada por Moscú, fueron reemplazados, con frecuencia por oficiales del Servicio Federal de Seguridad. Sin dar explicaciones, el Kremlin también comenzó a suministrar dinero para pensiones y otros subsidios sociales, además de los salarios gubernamentales y militares, algo que funcionarios rusos ya habían dicho que Moscú no se podría permitir.

Que la RPD y la RPL puedan pagar pensiones, salarios gubernamentales y subsidios sociales con dinero proveniente de Moscú es significativo, tanto política como socialmente. Previamente, a los líderes separatistas se les había dicho que Rusia solo intervendría en los casos de una amenaza militar crítica o de una crisis humanitaria, y que en el resto de casos el apoyo sería limitado. Ahora, sin embargo, el despliegue presupuestario de Moscú para pagar pensiones, subsidios, salarios estatales y militares está previsto que supere los 1.000 millones al año.

Después de ignorar las dinámicas políticas de las repúblicas separatistas desde el comienzo de la guerra, ahora Moscú ha decidido apoyar con fuerza a los líderes de ambas regiones, a pesar de su posición ambigua en el entramado rebelde. Presiona para la creación de dos partidos políticos en la RPD, ambos fuertemente ligados a los líderes separatistas, de quienes quizá solo se diferencien en el nombre. Uno de ellos, Oplot Dondassa, estará encabezado probablemente por Alexander Zakharchenko, en la cúspide de la RPD; el otro, Donetskaya Respublika, por Denis Pushilin, un político conocido por su lealtad incuestionable hacia Moscú. Esto sugiere una especie de esfuerzo tardío para organizarse políticamente con la vista puesta en las elecciones locales estipuladas en los acuerdos de Minsk. Con independencia de la decisión final, un funcionario separatista afirmó que “lo averiguarás al mismo tiempo que nosotros, quizá antes”.

Liderazgos prescindibles

Los líderes separatistas admiten que son gobernantes accidentales que llenaron el vacío político y de seguridad creado por el colapso de la presidencia de Yanukovich el 22 de febrero de 2014 y la consiguiente parálisis del gobierno central provisional. Pocos se conocen bien, si es que se conocen. Sus trayectorias incluyen lazos con el Partido de las Regiones de Yanukovich, oligarcas ucranianos, nacionalistas radicales rusos y, cada vez más, con el crimen organizado. No siguen una sola ideología o a un solo pensador, sino que los mueven diferentes razones: el rechazo de la “anarquía” del Maidán, una profunda sospecha hacia cualquier gobierno postsoviético en Kiev, sentimientos pro-rusos y oportunismo. Su diversidad, fragmentación y desconfianza, además de una falta total de experiencia política o administrativa, han dificultado la emergencia de una administración coherente o unos partidos políticos funcionales. Esto sucede ahora, pero solo gracias a la ayuda de Rusia.

Los líderes separatistas nunca han dudado de que Rusia los considera prescindibles. Donetsk y Lugansk nunca fueron el primer objetivo de Moscú. Durante dos meses, tras la caída de Yanukovich, Moscú esperó una rebelión en el resto de los oblasts “históricamente rusos” del sureste y sufrió una decepción terrible cuando vio que no sucedía. Incluso los líderes separatistas más pro-rusos dicen abiertamente que Moscú pueden dejarlos en la estacada en cualquier momento. Interrogado por ello, un funcionario del que se creía en su momento que tenía buenos contactos en Moscú prefirió no responder a la pregunta, que consideraba “compleja y resbaladiza”. Otro, sospechoso de ser uno de los principales receptores de ayuda rusa, se negó a descartar tal posibilidad, quejándose de las constantes luchas internas en Moscú.

Control moscovita

Los líderes de la RPD y la RPL admiten que sus papeles están muy circunscritos. Están totalmente excluidos del proceso de toma de decisiones a la hora de implementar los acuerdos de Minsk. En este terreno, Moscú controla “cada punto y coma”, según comenta un alto funcionario de la RPD. Uno de los cabecillas nos cuenta que Moscú apuesta a largo plazo: a veces los islotes separatistas son útiles, otras una distracción, pero la meta es el regreso de Ucrania a la esfera de influencia rusa.

Al tiempo que insisten en que la influencia política y militar de Moscú sobre las repúblicas rebeldes es mínima, sus líderes admiten en privado su dependencia absoluta. Alexander Khodakovsky, secretario de seguridad del consejo de la RPD, hablaba recientemente de los esfuerzos constantes para equilibrar los deseos de la población del Donbás y de los “principales poderes políticos”, refiriéndose a Rusia. En la misma entrevista, afirmó que el “apoyo material” ruso suponía el 70% del presupuesto de la RPD. Muchos expertos y funcionarios creen que al menos llega al 90%. Rusia lo provee todo, explica otro líder, frustrado por la falta de aprecio público. “No se dan cuenta de quién suministra el gas para la calefacción, el combustible para los vehículos, el dinero para los bienes básicos. ¿Cómo creen que superaron el último invierno, cómo creen que van a sobrevivir a este?”.

Las tropas rusas son la clave para la supervivencia de la RPD y la RPL. Después de que Vladimir Putin reconociese una presencia militar rusa muy limitada en el este de Ucrania, uno de los activistas rusos pro-separatistas mejor informados, Alexander Zhuchkovsky, rompió el pacto de silencio sobre la presencia rusa y resumió el papel central del ejército regular:

"Es un hecho que los primeros ministros y los ministros de Defensa de la RPD y la RPL no toman decisiones [militares] clave. El mando de los cuerpos militares, la inteligencia, la planificación y el suministro de munición y combustible a las tropas están en manos de ‘la gente que decide sobre determinadas cuestiones’, como diría Putin… y también deberíamos entender que cientos de estas personas –oficiales de carrera, inteligencia, incluidos algunos con muchas estrellas– arriesgan sus vidas, y que muchos han muerto ya."

Al otro lado de la línea de separación, especialistas en cuestiones militares y de seguridad ucranianos admiten que en este momento del conflicto hay más observadores que participantes. “Todo depende de un solo hombre: Putin”, afirma un preeminente analista de seguridad ucraniano. Desde Kiev solo pueden observar e intentar averiguar qué planea Rusia. La reorganización de los ejércitos de las repúblicas separatistas parece encaminada a crear unas amplias y bien equipadas fuerzas fronterizas, con impresionantes recursos armados, en el caso de que Rusia decida mantener ambas repúblicas vivas unos años más.

Los civiles: ¿víctimas, espectadores o cómplices?

No hay encuestas de opinión fiables en el este del país, ni siquiera una estimación clara de la población de las repúblicas rebeldes. Fragmentos de información y conversaciones con los residentes sugieren que los separatistas carecen de un apoyo social amplio, pero que su aceptación crecerá si la población de la región continúa sintiendo que Kiev no está interesado en ellos.

El estado de ánimo de la población, cuenta un vecino de Donetsk, parece ser el de “evitar el contacto con el régimen tanto como sea posible”. Un activista afirma que la gente está dividida en tres grupos: quienes están a favor del régimen, los que están en contra y quienes permanecen neutrales. Los pensionistas, residentes rurales y trabajadores no cualificados probablemente formen el principal grupo pro-separatista; la clase media, por lo general, mantiene las distancias, según el activista.

Las dificultados de los separatistas para reclutar gente es una de las muestras más claras de la actitud popular hacia ellos. En mayo de 2014, en el cénit de la batalla por Slavyansk, el comandante en jefe de los separatistas, Igor Girkin (Strelkov), se quejó de lo difícil que era conseguir siquiera mil voluntarios entre los 4,5 millones de vecinos del oblast de Donetsk. Incapaz de aumentar el número de hombres capaces de luchar, amplió a regañadientes el reclutamiento a las mujeres. Para apoyar a la lucha armada, nacionalistas rusos reclutaron y equiparon voluntarios, recaudando dinero a través de internet y en las estaciones de metro de las principales ciudades del país.

El apoyo a los separatistas quizá crezca si la población de la zona permanece aislada de la economía ucraniana. Zhuchkovsky, el activista bloguero, ofreció recientemente un aleccionador resumen de la situación en la RPD, donde pasa gran parte del tiempo:

"La gente sobrevive. También hay crisis en Rusia, pero la nuestra es totalmente diferente. Vivimos bajo condiciones de guerra. La gente se ve reducida a lo básico. Algo para comer y algo para resguardarse del frío. La mayoría sobrevive gracias a los ahorros. Por supuesto, algunas ramas del gobierno están en funcionamiento, pero la paga en ellas ronda los 5.000-7.000 rublos [entre 65 y 90 dólares] al mes."

Las penurias económicas y las restricciones financieras tienen el riesgo de intensificar la sensación entre los residentes del este de Ucrania de que Kiev los ha abandonado definitivamente. Esto complicará aún más la futura reintegración en una Ucrania unida. El gobierno de Kiev necesita con urgencia preparar un plan de choque a largo plazo para lidiar con este problema.

Tácticas, estrategia y fatalismo

Los líderes de la RPD y de la RPL miran con atención hacia Moscú en busca de cambios sutiles en el estado de ánimo o en los mensajes. A corto plazo, confían en que serán protegidos si Kiev ataca. Muchos creen que Putin advirtió a Poroshenko a mediados de 2015 de que la respuesta rusa al uso de la fuerza por parte de Ucrania sería devastadora: “Hasta llegar a Kiev”. Pero no conocen qué les depara el destino. “Hay una cosa que nuestros kurators no pueden explicar”, afirma uno de ellos. “Qué es lo que sucede en el Kremlin. No lo saben ni ellos mismos”.

Un analista sofisticado de la RPD considera la opacidad de sus intenciones como la prueba de que Moscú todavía no ha decidido una salida al cenagal en el este de Ucrania. La división en el Kremlin se manifiesta sobre el terreno en una falta de coordinación política y militar. Diferente facciones luchan unas con otras en el interior del Kremlin, afirma este analista. Tanto Moscú como Kiev están deseando abandonar el cenagal, pero “necesitan poder ofrecer a su gente la ilusión de la victoria”.

Que Moscú examine de manera simultánea varios posibles resultados no es nuevo en la Rusia de Putin. La improvisación es una parte inherente de su proceso político. Algunos analistas rusos, quienes en público muestran un apoyo sin fisuras a su presidente, explican que no es ni un tacticista ni un estratega, sino un fatalista que toma decisiones atrevidas pero desinformadas y que suele tomar arriesgados caminos políticos sin saber exactamente a donde conducirán.

El apoyo público al proceso de paz de Minsk mengua en Kiev. Una encuesta de finales de noviembre del año pasado indicaba que el 16% de la población veía con buenos ojos el acuerdo, cuando en mayo la cifra era del 34%. Los líderes políticos ucranianos son conscientes de que la atención internacional ha pasado de su conflicto al de Siria y creen que el consenso en la Unión Europea en torno a las sanciones terminará en el segundo semestre, aunque diplomáticos occidentales aseguran que EE UU y aliados clave no dudarán en mantenerlas.

Presiones contradictorias

La implementación completa del acuerdo de Minsk permitirá a Moscú abandonar la ratonera del este de Ucrania con parte de su dignidad intacta. Pero eso requerirá que Rusia abandone los enclaves separatistas, es decir, abandone su baza frente a Kiev con la que había conseguido ralentizar las reformas políticas y económicas en Ucrania.

Congelar el conflicto tiene sus atractivos. Los aliados de Moscú mantendrán el control y el Kremlin podrá seguir presionando al gobierno ucraniano. Una situación a medio camino entre la paz y la guerra obstaculizará las reformas en Kiev, al tiempo que beneficia a figuras corruptas allí, enriquece a los líderes rebeldes y a algunos miembros de la elite en Moscú. También pospondría asuntos espinosos, como qué hacer con los ejércitos de las repúblicas separatistas, y serviría de advertencia para otros vecinos sobre los riesgos de estrechar lazos con Occidente. Pero todo ello costaría mucho dinero a Moscú.

La UE, EE UU y sus aliados deben mantener la presión sobre Moscú para que clarifique y muestre sus intenciones. Y nunca deben olvidar que la opción militar sigue encima de la mesa de Rusia, que mantiene abierto su canal con las repúblicas y ya ha demostrado estar preparada para usar su ejército en territorio ucraniano.

La UE, en especial los Estados miembros de Alemania y Francia, junto con EE UU deben evitar la trampa de dejar que un proceso potencialmente largo de resolución del conflicto, así como diferentes interpretaciones de sus provisiones, minen el consenso vital en torno a mantener las sanciones hasta que Minsk no esté totalmente implementado. En paralelo a sus presiones sobre Moscú acerca de sus planes, los actores internacionales deben advertir a Putin de los peligros de sustituir Minsk por otra cosa y recordarle que si desea liberarse del este de Ucrania, pueden ayudarle.

 
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