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Eritrea, un país a punto de colapsar
Eritrea, un país a punto de colapsar
Op-Ed / Africa

Eritrea, un país a punto de colapsar

Originally published in Política Exterio

Hace tan sólo una década, Eritrea era un país defectuoso pero estable. En la actualidad, sin embargo, vive sometido a una gran tensión, por no decir que se encuentra en plena crisis, y aunque no parece que vayan a producirse altercados dramáticos en un futuro cercano, el país se debilita sin remedio. La economía cae en picado, reina la pobreza y un sistema político autoritario socava su legitimidad. Sólo si la comunidad internacional se involucra podrá impedir que Eritrea se convierta en el próximo Estado fallido del Cuerno de África.

Desde su independencia en 1991, Eritrea ha pasado por numerosas dificultades. Tras la devastadora guerra con Etiopía (1998-2000) el régimen militar autoritario ha restringido el espacio político. No tolera oposición ni disidencia alguna y las cárceles se han ido llenando de prisioneros políticos, detractores, disidentes religiosos, periodistas, insumisos y fugitivos frustrados.

Las relaciones con el resto de la región y la comunidad internacional resultan complicadas. De hecho, Eritrea se ha convertido en un Estado en el que el gobierno desconfía de su propia población, de sus vecinos y del resto del mundo. Se trata de un país pobre con una economía atrofiada desde su nacimiento, del que huyen decenas de miles de jóvenes en busca de asilo en Europa y Norteamérica.

El presidente, Issaías Afewerki, aprovecha la situación de punto muerto con la vecina Etiopía para justificar la severa disciplina interna y las operaciones militares a lo largo de la región. Etiopía, por su lado, ha incumplido parte de los Acuerdos de Argel que pusieron fin a la guerra, en particular al no aceptar lo que tendría que haber sido una decisión vinculante sobre las fronteras, formulada por una comisión especial.

El fracaso del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas en conseguir el beneplácito de ambas partes reforzó en Asmara el sentimiento de que la comunidad internacional es hostil por naturaleza. La política exterior de Afewerki, a través de una guerra de poderes y no por la vía diplomática convencional, está enfocada en forzar a Etiopía a que acepte la decisión sobre las fronteras. Como resultado, la política exterior se ha militarizado y da lugar a respuestas armadas y episodios agresivos a costa de la diplomacia habitual.

Hasta la fecha, Eritrea se ha enfrentado, directa o indirectamente, a Etiopía, Yemen, Yibuti y Sudán, y se ha visto envuelto de diversas formas en los conflictos del este de Sudán, Darfur y Somalia. El país asegura guiarse por intereses legítimos de seguridad nacional, pero su  planteamiento agresivo y su tono abrasivo lo aíslan cada vez más.

El militarismo y autoritarismo que definen ahora su cultura política tienen su origen en la violenta historia de la región. Los 30 años de guerra de independencia forman parte de toda una serie de conflictos que devastaron la zona noreste de África. Sin embargo, ha sido sobre todo en la última década cuando ha quedado claro lo que significaba realmente ese legado.

El presidente Afewerki y un pequeño grupo de ex combatientes se han hecho fuertes en el poder. Mientras, han ido suprimiendo libertades sociales y socavando el desarrollo económico en favor de una agenda centrada en la unidad nacional y en la noción de que Eritrea está rodeada de enemigos. Los cada día menos numerosos partidarios de Afewerki afirman que únicamente él tiene la visión para guiar al país en estos tiempos difíciles.

Mientras tanto, el creciente número de detractores manifiesta que el presidente ha saboteado el proceso de construcción nacional y traicionado el sacrificio de los cientos de miles de personas que lucharon por la independencia, y que ha arruinado al país.

De manera sorprendente, no se han producido todavía protestas serias. La presión, sin embargo, aumenta dentro de las fronteras y en la diáspora, cuyos envíos de dinero son una importante fuente de financiación. Una serie de grupos externos de oposición, aunque todavía profundamente divididos, toman posiciones para enfrentarse al régimen.

Para evitar una nueva crisis en el Cuerno de África, la comunidad internacional y los eritreos tendrán ahora que ser más imaginativos y flexibles. Resulta de vital importancia que la comunidad internacional se involucre, tanto política como económicamente, y que evalúe de forma rigurosa los problemas internos del país, así como las presiones externas. Hay que asegurar la ayuda al desarrollo y la mejora de los vínculos comerciales para poder llevar a cabo las elecciones nacionales prometidas desde hace tiempo, así como para implementar una constitución largamente pospuesta.

Al mismo tiempo, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas en particular debería ejercer presión para que Etiopía acepte los acuerdos sobre las fronteras. Eritrea es un reflejo extremo del  crispado contexto político de la región, pero no su único saboteador.

En lugar de aislar a Eritrea, sería mejor esforzarse en comprender los orígenes de sus recelos e involucrarse más, lo que ayudaría a lidiar de manera efectiva con los riesgos que representa.

Report 200 / Africa

厄立特里亚:未来转型的方案

Change is in the air in Eritrea, a highly authoritarian state, but any political transition will require internal political inclusion and channels for external dialogue if it is to preserve stability and improve Eritrean life.

Executive Summary

Events in the last twelve months indicate growing discontent inside Eritrea’s tightly controlled regime, as well as deepening political and social divisions. While the mounting number of incidents suggests that President Isaias Afwerki’s regime is vulnerable, with increasing concerns over its ability to stay in power, the country would face numerous institutional, socio-economic and geopolitical obstacles during and after any transition. A careful assessment of these, as well as the role neighbours and the wider international community could play, is urgently needed to help avoid a violent power struggle that could prove dangerous for the Horn of Africa and potentially – as Eritrea is a littoral state – for the Red Sea region.

Isaias’s disappearance from public view for several weeks in April 2012 amid rumours of his illness and death made evident the lack of a succession plan. In March and May 2012, the Ethiopian army made incursions, revealing the Eritrean military’s disastrous state. Subsequently, a number of defections reached media attention: pilots flying the presidential plane absconded in October, the information minister (a close ally of the president) vanished in November, and the national football team requested asylum in December. Meanwhile several thousand – predominantly young – Eritreans fled every month, preferring the danger and uncertainty of refugee camps and illegal migration routes to the hopeless stasis at home. Then, on 21 January 2013, approximately 100 soldiers rebelled in the capital, Asmara, taking control of the information ministry for a day.

It is difficult to predict what an eventually post-Isaias Eritrea will look like: after and in spite of 21 years of forceful nation-building, fault lines, especially of ethnicity, region and religion (Christians versus Muslims) are still there, some deeper than before. Since the state lacks any institutional mechanisms for peaceful transition of power or even a clearly anointed successor, instability is to be expected, with the corrupt army the likely arbiter of who will rule next. But even the generals appear split over loyalty toward the president.

To reduce the risk of instability in Eritrea and its neighbourhood, a broad coalition of international actors should take precautionary moves, including immediate and decisive efforts to promote dialogue on avoidance of internal power struggles and mediation of a peaceful transition. This could lead to opening of political space and normalisation, both domestically and internationally. Any opportunity should be seized to bring Asmara in from the cold. UN-imposed sanctions (imposed for support of Al-Shabaab in Somalia and other destabilising activities) should be kept under active review. The European Union (EU) and U.S. should work with others, such as Qatar and South Africa, that have better relations with Eritrea’s ruling elite and could facilitate constructive engagement. Member states of the regional Intergovernmental Authority on Development (IGAD) should welcome Eritrea back and encourage normalisation of relations.

If, as many believe, formal diplomacy remains blocked, Ethiopia, Sudan and Djibouti should engage with exiled opposition parties (including armed ethnic fronts) to encourage proactive engagement with dissidents in Asmara, promote dialogue and agreement by them not to use  force that could lead to a protracted conflict and have repercussions for the entire region.

This report examines the regime’s vulnerabilities, maps out six possible scenarios for a post-Isaias Eritrea and identifies the main risks and opportunities the country and the region would face. Concerned Western partners, neighbours and governments with special relations with Asmara could play a vital role in preventing a major humanitarian crisis or even the state’s collapse.

Nairobi/Brussels, 28 March 2013