Las grietas de Corea del Norte
Las grietas de Corea del Norte
North Korea Plots a Course of “Heavy Agony” for 2022
North Korea Plots a Course of “Heavy Agony” for 2022
Op-Ed / Asia

Las grietas de Corea del Norte

La conjunción de una crisis económica, humana y política puede conducir a la implosión del régimen de Pyongyang

A la mujer del César no sólo le reclamamos que sea honesta, sino que también lo parezca: la suma del ser y del parecer como una operación perfecta. Pero hay que andarse con ojo, sus esfuerzos por parecer honesta pueden llevarla a olvidar su obligación de serlo.

En esta dinámica se encuentra la República Popular Democrática de Corea, que entre ser y parecer un país estable, se ha inclinado por lo segundo. El que hasta hace poco considerábamos como un Estado relativamente equilibrado, se revela como un mero espejismo. El endurecimiento de las sanciones internacionales –que entre otras cosas impide al Gobierno norcoreano la exportación de armas–, una política monetaria desastrosa, la escasez de ayuda humanitaria, el bloqueo del sistema sanitario y la falta de seguridad alimentaria, sitúan al reino ermitaño al borde del colapso.

La presión ejercida sobre Pyongyang le lleva casi al aislamiento en el mercado internacional, dado que el comercio armamentístico siempre ha constituido una fuente indispensable de ingresos.

En este sentido, la pérdida de compradores y la necesidad de supervivencia podrían conducirle a continuar el desarrollo de actividades nucleares o a promover la venta de armamento en círculos poco aconsejables como el crimen organizado o las bandas terroristas.

De puertas para dentro, el país se encuentra haciendo frente a los resultados de una política monetaria desafortunada. Por quinta vez, desde 1947, las autoridades emitieron una nueva moneda, en este caso, limitando la cantidad de dinero en circulación y confiscando el exceso de ahorro. La sorpresa del anuncio y las limitaciones establecidas sobre el intercambio de monedas llevó al Estado a una situación de déficit.

Por otra parte, la insuficiente fertilidad del suelo norcoreano, la carencia de intercambio con países vecinos, la escasez o inexistencia de medicamentos básicos y equipos médicos, hacen de los sectores agroalimentario y sanitario los principales ejes del embrollo. Además, su sociedad se encuentra en una situación de precariedad, acentuada por la retirada de la ayuda humanitaria por desacuerdos políticos y cansancio de los principales países donantes.
 
El panorama es más desolador de lo que parece a simple vista. A punto estamos de presenciar la segunda sucesión en el Gobierno desde 1948 y, siendo realistas, podemos presagiar que el resultado amenaza con ser negativo para la estabilidad del país.

Aunque no existen declaraciones oficiales, es más que probable que Kim Jong Il haya escogido a su hijo Kim Jong Un, quien apenas roza la veintena y carece de suficientes adeptos, para gobernar. Si este joven no es capaz de desarrollar una economía próspera y proporcionar soluciones adecuadas a la actual crisis, una lucha violenta podría poner a Corea del Norte en un serio desequilibrio.

Pyongyang es consciente de su situación (falta de ingresos y crisis política y humanitaria) y ansía la retirada de las sanciones. Por ello, podría estar buscando un acercamiento con Seúl, antiguo aliado comercial y fuerte cooperante en ayuda para el desarrollo. Asimismo, la posibilidad de retomar las negociaciones a seis bandas (entre Corea del Norte, Corea del Sur, China, Japón, Rusia y Estados Unidos), con el objetivo de alcanzar una solución pacífica a los ensayos nucleares del país, parecen hoy día más que probables.

La República Popular Democrática de Corea se encuentra frente a una serie de crisis que por separado no plantean graves problemas. No obstante, su carácter complementario podría dar lugar a una explosión política. La comunidad internacional debería mantenerse alerta. Las barreras que el Estado interpone ante posibles acciones colectivas hacen de la revolución popular algo casi imposible. No obstante, a pesar de la lealtad que las élites depositan en el partido y en el Ejército, una división repentina en la dirección, aunque poco probable, no puede descartarse del todo.

El mayor riesgo se encuentra en las apariencias: los signos de cualquier fisura no serían perceptibles, en principio, desde el exterior hasta que una lucha por el poder o un golpe de Estado desencadenasen en una emergencia humanitaria que requeriría la intervención de la comunidad internacional.
 

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