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Asia Central, el próximo dominó
Asia Central, el próximo dominó
Opportunities and Challenges Await Kyrgyzstan’s Incoming President
Opportunities and Challenges Await Kyrgyzstan’s Incoming President

Asia Central, el próximo dominó

Originally published in Foreign Policy en español

De modo lento pero seguro, la infraestructura material y humana de Asia Central está desapareciendo: las rutas, plantas eléctricas, hospitales y escuelas, así como la última generación de especialistas, quienes se ocupan de su funcionamiento y fueron entrenados por los soviéticos. Los regímenes de la postindependencia hicieron poco esfuerzo para mantener o reemplazar tanto la tecnología que está desgastándose, como al personal que está jubilándose o falleciendo. Los fondos destinados a este fin han sido carcomidos por la corrupción y este colapso ya ha generado protestas. Incluso ha derrocado a un gobierno.

Todos los países de la región se encuentran afectados por esta situación de una manera u otra. Sin embargo, los dos más pobres, Kirguizistán y Tayikistán, están desesperados. Sus propios especialistas dicen que en los próximos años no habrá maestros para sus niños ni doctores para tratar a los enfermos. Los cortes de electricidad en Tayikistán en invierno ya son una tradición. Llegan a durar hasta más de doce horas en las zonas rurales. También en Kirguizistán las fallas en el sistema eléctrico son cada vez más comunes. Expertos en ambos países están preocupados por el muy probable y catastrófico colapso general, especialmente en el sector de energía. A menos que se lleve a cabo un cambio en las políticas, se enfrentarán con un futuro de rutas desgastadas, escuelas e instituciones médicas dirigidas por jubilados, o una nueva generación de maestros, doctores o ingenieros, cuyos títulos serán comprados en vez de obtenidos por mérito propio. Estos problemas son exacerbados por otras vulnerabilidades políticas, como la expansión de la insurgencia, el envejecimiento de un autócrata en Tayikistán y un Estado kirguís peligrosamente debilitado.

Uzbekistán y Turkmenistán van en la misma dirección. Es difícil decir cuán grave está la situación, ya que no existe información confiable o es secreta. Lo que sí salta a la vista es que las extravagantes y optimistas declaraciones públicas no se reflejan para nada en la realidad. Los hospitales modelo con fachada de mármol de Turkmenistán y las falsas declaraciones de prosperidad de Uzbekistán no son la solución para los problemas de estos países. Incluso Kazajistán, el único país que funciona en la región, pasará por una dura prueba dada las deficiencias en su infraestructura. Tiene grandes problemas en especial en el área de transporte y en el de entrenamiento de su plantilla técnica. Cualquier sueño de diversificación económica y de modernización deberá esperar. 

El dilema actual que viven estos cinco países tiene varias causas. Cuando formaban parte de la URSS, estaban incorporados en un mismo sistema, sobre todo en las áreas de transporte y de energía. Estas interdependencias han sido difíciles de deshacer, y han producido serios desbalances. Durante la era soviética, todos estaban obligados a trabajar juntos. Ahora en cambio no necesitan tener ni tienen buenas relaciones entre ellos, en especial cuando se trata de temas energéticos. La educación y los servicios de salud se vieron afectados con el término de la red de seguridad social. Pero mucho peor es que los gobiernos de la región parecen haber creído que su herencia soviética duraría para siempre. Los fondos que debían ser destinados a reformas, para la educación, entrenamiento y mantenimiento, fueron por lo general mal utilizados e insuficientes.

Las consecuencias de esta negligencia son demasiado terribles como para ser ignoradas. El rápido deterioro de la infraestructura profundizará la pobreza y la alienación del Estado. La desaparición de los servicios básicos proveerá a los islamistas radicales, ya fuertes en muchos Estados centroasiáticos, de más argumentos contra los líderes regionales. Les dará espacio para establecer redes de apoyo y de influencia. El desarrollo económico y la reducción de la pobreza se tornarán una ilusión, mientras que los países más pobres se volverán aún más dependientes de la exportación de mano de obra. De hecho, la ira por la fuerte disminución de los servicios básicos jugó un papel fundamental en los disturbios que llevaron al derrocamiento del presidente kirguís, Kurmanbek Bakíev, en abril de 2010. Este rencor puede expresarse de manera similar en otros Estados de la región en un futuro no muy lejano, especialmente en Tayikistán.

Además, los eventos dentro de uno de los cinco países pueden tener un efecto nocivo para con sus lindantes. De hecho, un brote de polio en Tayikistán en 2010 requirió una campaña de inmunización en los vecinos Kirguizistán y Uzbekistán, y se reportó infecciones en lugares tan lejanos como Rusia. Igualmente, Asia Central puede ser afectada de manera negativa por sus vecinos de la región: un mayor declive en la infraestructura tiene posibilidades de coincidir con más inestabilidad en Afganistán, y un posible desbordamiento de la insurgencia desde allí. 

Las necesidades son claras, y existen soluciones al debilitamiento de la infraestructura. El problema fundamental es que las élites gobernantes de Asia Central no están dispuestas a dar los pasos necesarios para cumplir con los prerrequisitos fundamentales. Esto equivale a nada menos que el repudio total de los valores y del comportamiento de los líderes regionales. Necesitarían purgar la corrupción de sus gobiernos, dejar de usar los recursos de sus países para sí mismos y sus familias y crear una meritocracia con sueldos decentes que liberaría a los oficiales de la necesidad de depender de la corrupción. Estos cambios se encuentran tan lejos de la realidad actual que los gobiernos extranjeros y los donantes seguramente los tacharán de idealistas. Pero sin un cambio organizado desde arriba, existe el grave riesgo de un cambio caótico desde abajo.

Los donantes no están haciendo nada para prevenir esta situación. Su acercamiento cauteloso parece mayormente inspirado por el deseo de no enojar a los líderes regionales que por utilizar los medios financieros que tienen a disposición para generar un cambio verdadero. La ayuda económica es utilizada generalmente para cumplir con planes anuales o para avanzar con objetivos geopolíticos más amplios. Sin la participación de los donantes, el status quo se mantendrá por algunos años más, pero no más que eso. El colapso de la infraestructura podría debilitar a los regímenes, creando una enorme incertidumbre en una de las partes más frágiles del mundo.
 

Contributors

Former Senior Adviser, Ukraine and Russia
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Gabriela Keseberg Dávalos
Former Senior Communications Officer
Presidential candidate Sooronbai Jeenbekov casts his ballot at a polling station during the presidential election in Bishkek, Kyrgyzstan October 15, 2017. REUTERS/Vladimir Pirogov

Opportunities and Challenges Await Kyrgyzstan’s Incoming President

The inauguration of Kyrgyzstan’s new president on 24 November is a tribute to the country’s parliamentary democracy. But to overcome continued vulnerability, Sooronbai Jeenbekov must manage powerful southern elites, define the role of religion in society and spearhead reconciliation with Central Asian neighbours Kazakhstan and Uzbekistan.

Sooronbai Jeenbekov will be inaugurated as Kyrgyzstan’s fifth president on 24 November, the victor of a tight, unpredictable, contested but ultimately legitimate election. The new leader, a loyal member of the ruling Social Democratic Party of Kyrgyzstan (SDPK), won 54 per cent of the vote and gained a majority in every province but Chui and Talas – the home territory of the defeated main opposition candidate Omurbek Babanov.

As president, Jeenbekov will face a number of challenges and opportunities, both at home and in Central Asia. The state Committee for National Security (GKNB) on 4 November opened an investigation against Babanov for inciting ethnic hatred based on a speech he made on 28 September in an ethnic-Uzbek area of Osh, a city in southern Kyrgyzstan’s Ferghana Valley. Babanov called on Uzbeks to defend their rights and for any Kyrgyz police officers who harassed Uzbeks to be dismissed. Some observers see the GKNB case as politically motivated.

While tensions remain high in Osh, the epicentre of violent ethnic clashes that left 400 mostly Uzbeks dead in June 2010, unrest could also occur elsewhere. Babanov travelled abroad after the campaign, but if he returns he could be arrested at the airport, raising the possibility of protests in his stronghold of Talas, a city 300km west of Bishkek. His arrest and trial would undermine Kyrgyzstan’s international credibility, lay bare the politicisation of the security services and the judiciary, and show unwillingness to tackle deep-seated inter-ethnic issues in the south.

While tensions remain high in Osh, the epicentre of violent ethnic clashes that left 400 mostly Uzbeks dead in June 2010, unrest could also occur elsewhere.

Former President Almazbek Atambayev, also from the SDPK, was sometimes unpredictable but managed to balance competing regional and business interests inside Kyrgyzstan, key factors in the ousting of Presidents Kurmanbek Bakiev in 2010 and Askar Akayev in 2005. Jeenbekov will have to replicate this balancing act and make a strategic decision whether or not to reestablish central government control in Osh, which operates like a fiefdom. The latter risks upsetting heavy-weight figures in the south with vested interests, but in the long term, a failure to do so will perpetuate internal political tensions.

The new president will also have the opportunity to shape the debate about the role of religion in society. For too long – and much like other Central Asian states – Kyrgyzstan has overly securitised its response to those practicing non-traditional forms of Islam, creating tensions and resentments, while politicians leading a secular state make public displays of piety integral to their political personas. Kyrgyzstan is widely perceived as an easy target for terrorist activity, as the August 2016 attack on the Chinese embassy demonstrated. It will be essential to find a balance between assessing what are real risks and what are questions of religious freedoms and civil rights.

As soon as he takes office, Jeenbekov should make every effort to repair Kyrgyzstan’s relationship with Kazakhstan, which deteriorated spectacularly after President Atambayev accused Astana of meddling in the Kyrgyz presidential election to bolster Babanov. Astana responded by introducing strict customs controls on the Kyrgyz-Kazakh border citing concerns about Chinese goods being smuggled through Kyrgyzstan. The disruption on the border is negatively affecting Kyrgyzstan’s economy and Kyrgyzstan has complained to the World Trade Organization and to the Russian-led Eurasian Economic Union, a trade bloc of which Kazakhstan is a founding member. Russia has so far failed to make any meaningful comment on the standoff.

The degree to which Kazakhstan is motivated by anger at Atambayev or genuine concerns about cross-border smuggling is unclear. Still, it will fall to Jeenbekov to spearhead a reconciliation. How open-minded Kazakhstan will be to resolving the spat will also depend on whether or not they see Jeenbekov as a strong, independent leader or merely Atambayev’s puppet.

There is now scope to improve relations with Uzbekistan in a way that was unimaginable before President Shavkat Mirziyoyev took office in December 2016. Much of the initiative is coming from the Uzbek side but the amount of progress made between the two states is remarkable. Regional cooperation, in the long term, will foster stability in Central Asia and Kyrgyzstan can play a leading role in both practicing and promoting the type of cooperation that defuses tensions in border areas and over shared resources such as water and energy. By doing so Kyrgyzstan and Uzbekistan can provide a model of collaboration and peacebuilding in the region.

Having been the first country in Central Asia to see a president voluntarily leave his post at the end of his constitutionally mandated term, Kyrgyzstan is in many respects light years ahead of its neighbours.

Kyrgyzstan is still a young parliamentary democracy in a difficult neighbourhood. If Jeenbekov is to continue Atambayev’s program of fighting corruption, efforts need to extend beyond targeting the SDPK’s political opponents. Kyrgyzstan and its partners should begin to address how corruption in politics can be tackled. Beyond the technical success of casting votes electronically, there are many opportunities for illegal practices. Organization for Security and Cooperation in Europe (OSCE) election observers said the presidential elections were legitimate, but local concerns focus on arrests of opposition figures, vote buying and the misuse of administrative resources.

Having been the first country in Central Asia to see a president voluntarily leave his post at the end of his constitutionally mandated term, Kyrgyzstan is in many respects light years ahead of its neighbours. Tajikistan could be facing a potentially destabilising transition in 2020, and Kazakhstan’s President Nursultan Nazarbayev, 77, cannot hold power forever. Any regional stress will be quickly felt in Bishkek, another reason that Jeenbekov should focus on bolstering Kyrgyzstan’s long-term stability while the situation is calm.