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¿Y ahora, qué? Retos e incentivos del ELN para la paz
¿Y ahora, qué? Retos e incentivos del ELN para la paz
COVID-19, Inequality and Protests in Colombia
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Frank Pearl (L), head of Colombian government delegation and Antonio Garcia, head of National Liberation Army (ELN) delegation, shake hands after signing a joint statement to begin formal peace talks in Caracas on 30 March 2016. REUTERS/Marco Bello

¿Y ahora, qué? Retos e incentivos del ELN para la paz

El 30 de marzo, el Gobierno colombiano anunció el comienzo de la fase formal de negociaciones de paz con el Ejército de Liberación Nacional (ELN), el segundo grupo guerrillero más importante de Colombia. Estas negociaciones, junto con las que están a punto de concluir con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en La Habana, son la mayor oportunidad que ha tenido el país para poner fin a 52 años de conflicto armado.

El 30 de marzo, el Gobierno colombiano anunció el comienzo de la fase formal de negociaciones de paz con el Ejército de Liberación Nacional (ELN), el segundo grupo guerrillero más importante de Colombia. Estas negociaciones, junto con las que están a punto de concluir con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en La Habana, son la mayor oportunidad que ha tenido el país para poner fin a 52 años de conflicto armado.

Son muchos los retos a los que se enfrentan estos diálogos de paz. A día de hoy, las diferentes posturas por parte del Gobierno de Colombia y el ELN sobre los secuestros suponen el principal obstáculo para que se celebre la primera ronda formal y pública de las negociaciones. Esta diferencia de opiniones consiste en la exigencia del Gobierno de que cesen los secuestros y se liberen a los retenidos por el grupo guerrillero, lo cual es percibido por el ELN como un condicionamiento inaceptable de los diálogos por parte del Gobierno.

Para comprender en su conjunto el diálogo con el ELN y las particularidades del grupo guerrillero como actor en este proceso, nuestro analista Senior para Colombia Kyle Johnson explica en esta entrevista en qué medida estos diálogos son diferentes a los de las FARC, qué lecciones se pueden aprender de las conversaciones de en La Habana y qué incentivos tienen los líderes del ELN para lograr un acuerdo de paz sólido.

¿Cómo describiría al ELN como grupo?, ¿Dónde opera?

El ELN es un grupo guerrillero de izquierda fundado en 1964. Su espacio de operaciones está principalmente en la frontera entre Colombia y Venezuela, donde controla muchos de los cruces informales, así como a lo largo de la costa pacífica y en el centro-norte del país. Participa en actividades económicas ilegales como el secuestro, la extorsión, la minería ilegal y el narcotráfico. Su principal estrategia es la “resistencia armada” contra lo que ellos denominan las oligarquías de Bogotá y las corporaciones multinacionales que quieren explotar los recursos naturales colombianos sin apoyar a las comunidades locales. El grupo cuenta con unos 2.000 guerrilleros, pero su verdadera fortaleza proviene de los activistas desarmados y las comunidades locales que están de alguna forma conectadas con el grupo. Hablar del ELN es hablar también de una organización muy horizontal que toma decisiones basadas en el consenso interno.

Se dice que las FARC son un grupo armado con una agenda política, mientras que el ELN es un grupo político armado. ¿Hasta qué punto es cierta esta afirmación?

Bueno, realmente es una forma general de explicar lo distintos que son ambos grupos. Las FARC cuentan con una jerarquía vertical cuyo líder está a la cabeza de un secretariado y un Estado Mayor Central que es un poco más grande que el del ELN. Este último, sin embargo, cuenta con órganos de decisión basados en el consenso entre los miembros de alto rango, por debajo de los cuáles todos con cierto nivel en la organización tienen igual voz. Del mismo modo, desde hace mucho tiempo la cúpula de las FARC ha priorizado las tácticas militares sobre la política, aunque sin ignorarla por completo; para el ELN, la acción política es precisamente la mejor manera de fortalecer la organización y su brazo militar. Otra diferencia es que, durante los últimos 30 años, las FARC han apuntado más a las estructuras de poder en Bogotá, mientras que el ELN se ha centrado en desarrollar el poder popular a nivel local. Las FARC son, además, más grandes que el ELN y controlan más territorio. Tienen casi 8.000 guerrilleros y posiblemente 20.000 miembros de la milicia. No obstante, a pesar de sus diferencias y de los costosos enfrentamientos militares entre 2006 y 2010, históricamente ambos grupos han tenido una buena relación.

¿Por qué el Gobierno colombiano entabló negociaciones de paz con las FARC antes que con el ELN?

La política nacional en Colombia en relación a las FARC, ya fuera para derrotarlas o para buscar la paz, ha sido un factor determinante en la elección de casi todos los presidentes colombianos desde los años 80. El actual Gobierno no fue una excepción. Debido al debilitamiento de las fuerzas guerrilleras tras la campaña militar implementada por el presidente Álvaro Uribe (2002-2010), el actual Gobierno ha buscado negociar con ambos grupos reconociendo que el Estado es incapaz de asegurar el fin del conflicto armado únicamente por la vía militar. En esta búsqueda de diálogo, se ha dado prioridad al proceso con las FARC.

Esto no es de extrañar. Las FARC han hecho más daño políticamente al Gobierno que ningún otro grupo, hasta el punto de que muchos sectores de la sociedad colombiana llegaron a percibir hace unos 10-15 años que existía una amenaza real de que las FARC tomaran el país. Indistintamente de que esto fuera posible, la clave está en que esa sensación era real. Por el contrario, dudo que alguien haya llegado a pensar que el ELN sería capaz de tomar Bogotá.

Ahora bien, a pesar de que tanto las FARC como el ELN son conscientes de que no van a ganar la guerra, su forma de reaccionar a la voluntad de entendimiento por parte del Gobierno colombiano es notablemente distinta. Tras la muerte del fundador de las FARC Manuel Marulanda en 2008, el grupo experimentó un cambio generacional en su liderazgo que le llevó a tomar la decisión estratégica de negociar. Para el ELN, las negociaciones de paz ya no eran tan necesarias ahora que su estrategia se centraba en la resistencia armada a nivel local, donde el objetivo no es ganar la guerra. La percepción del presidente Santos por parte de ambos grupos ha sido también bastante distinta. Las FARC sabían que solo negociando con su Gobierno iban a encontrar una solución negociada al conflicto, pero ELN veía al presidente como un miembro más de la oligarquía colombiana. Como para ellos nada había cambiado en los últimos años, negociar carecía de justificación.

Al Gobierno de Colombia y las FARC les llevó seis meses llegar a una agenda de paz, mientras que el mismo proceso con el ELN duró casi tres años. ¿A qué se debe esto?

La FARC tomaron la clara decisión de de entablar negociaciones, así que es lógico que, en muchos aspectos, su proceso fuera más sencillo. Se acordaron los puntos de la agenda y se escogió la metodología y el lenguaje apropiados para definir estas cuestiones. Estaba relativamente claro cuáles eran los puntos de discusión más importantes para las FARC, así como dónde encontrar puntos en común. El grupo estaba listo y contaba con la voluntad política para definir una agenda rápidamente y dar primeros pasos significativos, como poner fin a los secuestros por motivos económicos. Al ELN le llevó casi dos años alcanzar un consenso extremadamente débil y frágil de que las negociaciones con el Gobierno eran una buena idea.

El inicio de las negociaciones con el ELN estaba programado para finales de mayo en Ecuador, pero todavía no se sabe cuándo van a empezar. Más aún, en este momento no se puede negar la posibilidad de que las negociaciones simplemente no se den. El presidente Santos, sin embargo, ha afirmado que el diálogo no comenzará hasta que el ELN ponga fin a los secuestros y libere a todos los retenidos. El grupo ha rechazado esta demanda, afirmando que el Gobierno no debería imponer condiciones para las negociaciones, lo que pone un tanto en duda esta fecha de inicio. En las últimas semanas, el ELN secuestró a tres periodistas, una de ellos española, durante una semana en la región fronteriza de Catatumbo mientras estaban teniendo lugar las discusiones sobre el tema de los secuestros y cómo solucionarlos para empezar las negociaciones. El ELN salió a justificar esos secuestros, lo cual ha aumentado la presión política sobre esta cuestión y en qué forma afectará la negociación.

¿Qué incentivos tiene el ELN para buscar la paz?

El ELN tiene tres principales incentivos. El primero es que simplemente puede que esta sea su última oportunidad para la paz. El segundo es que, en ausencia de las FARC, el grupo no podría lograr sobrevivir una ofensiva militar del Gobierno. Finalmente, y a medida que el país avanza hacia un acuerdo posconflicto con las FARC, el ELN corre el riesgo de volverse políticamente irrelevante. El tiempo apremia y el ELN solo tiene hasta 2018, cuando el mandato del Gobierno de Santos llegue a su fin, para firmar, o aproximarse a firmar, un acuerdo de paz.

¿Ha habido muchos intentos por parte del ELN de negociar el fin del conflicto?

Ciertamente ha habido muchos intentos fallidos de negociar la paz con el ELN. Dada su relativa apertura, a menudo se supuso que podría ser una contraparte más fácil que las FARC a la hora de negociar. El primer acercamiento fue en 1985, cuando algunas de las unidades del grupo acordaron un cese al fuego con el Gobierno, aunque no se logró nada más. En 1987, el Gobierno negoció con seis grupos guerrilleros, incluido el ELN, unidos bajo la llamada Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar. Pero el ELN se resistió mucho a negociar, argumentando que la guerra era el único camino al poder, así que dejó escapar esta oportunidad. Hubo otros tres intentos en los 90; el primero entre 1991-1992, cuando las dos partes mantuvieron negociaciones en Venezuela y México que finalmente fracasaron; el segundo en 1994, cuando un grupo disidente del ELN pudo negociar con el Gobierno y pasar a formar parte de la sociedad civil; posteriormente, a finales de los 90, hubo varios intentos de negociaciones en España y Alemania.

Más adelante en la década y a comienzos de los 2000, el ELN volvió a impulsar negociaciones que nunca se materializaron debido a la presión ejercida en Colombia por actores políticos de derecha, incluidos los paramilitares. El último intento se dio entre 2004 y 2007 con el Gobierno de Uribe, pero si bien se reunieron en Cuba, ni siquiera fueron capaces de definir una agenda. Todos estos intentos eran realmente rondas de negociaciones exploratorias, así que es una buena noticia que finalmente tengamos una agenda definida que será debatida formalmente.

¿Cuán comprometida está la sociedad colombiana con el proceso de paz con el ELN?

Uno de los puntos de la agenda del proceso de paz con el ELN es la participación de la sociedad, y allí veremos exactamente cuán comprometida está la sociedad, más allá del nivel local rural donde opera el ELN. En la Colombia urbana poco se sabe acerca del ELN. Una persona promedio de Bogotá o Medellín no ha estado tan expuesta al conflicto como otras partes del país. Para esta masa social, la paz es importante pero no determinante para el desarrollo de su vida cotidiana. Si uno pregunta en las zonas rurales en las que opera el ELN, la cosa cambia. Es difícil imaginar cómo alguien de una pequeña comunidad en la frontera con Venezuela podría creer que se encuentra en una situación de posconflicto porque haya un acuerdo con las FARC, si al mismo tiempo están ocurriendo  enfrentamientos con el ELN a pocos kilómetros de su hogar.

¿Cree que las negociaciones con el ELN tendrán éxito?

Para que eso pase, había que superar varios desafíos importantes. Primero, la agenda a debatir es bastante amplia e imprecisa. No está claro exactamente cómo ni qué se va a discutir, ni tampoco los detalles que podrían ayudar a orientar las negociaciones. Negociar con el ELN no tienen la misma importancia política que hacerlo con las FARC, de modo que no podrán soportar la misma presión política si las cosas no marchan bien. El ELN también tiene problemas de credibilidad, especialmente en relación a los secuestros. No declarar el fin del secuestro debilita la fortaleza política de las negociaciones desde el comienzo, y menoscaba cualquier legitimidad que el ELN tenga ante la sociedad colombiana en general. El secuestro de los tres periodistas en Catatumbo es el mejor ejemplo de cómo el ELN es acusado de no tener voluntad para la paz.

Finalmente, hay una clara limitación temporal, ya que Santos será presidente de Colombia hasta 2018, pero ahora mismo no existe ninguna garantía de que el próximo presidente colombiano continuará las negociaciones con el grupo. Dadas las dinámicas electorales en Colombia, las negociaciones deberán haber avanzado bastante para mediados de 2017. Para entonces el tiempo ya habrá comenzado a agotarse. Aun así, es demasiado tarde para que las negociaciones con el ELN se alineen con de las las FARC; las negociaciones preliminares llevaron casi tres años, y es difícil imaginar que los diálogos formales vayan a avanzar rápidamente.

Por lo tanto, es improbable que se logren acuerdos de paz con los dos grupos al mismo tiempo. No obstante, las negociaciones con el ELN mejoran mucho las posibilidades de que Colombia logre tener un proceso de consolidación de la paz sostenible. A pesar de los desafíos, la perspectiva de firmar acuerdos tanto con las FARC como con el ELN anuncia grandes cambios para esta nación suramericana.

Esta traducción al español del post “The National Liberation Army (ELN) Joins Colombia’s Search for Peace” ha sido modificada y actualizada a 7 de junio de 2016.

COVID-19, Inequality and Protests in Colombia

This week on Hold Your Fire!, Richard Atwood and Naz Modirzadeh talk to Crisis Group experts Renata Segura and Beth Dickinson about protests across Colombia, the inequality and police violence that are motivating people to take to the streets, and prospects for reform.

This week on Hold Your Fire!, Richard Atwood and Naz Modirzadeh talk to Renata Segura, deputy program director for Latin America and the Carribean, and Beth Dickinson, senior analyst for Colombia, about the anti-government protests across Colombia. They discuss what the deadly unrest looks like, a controversial tax reform proposed in April that triggered protests and the blockades that have sprung up across the country’s cities, towns and villages. They unpack protesters’ demands, notably the role of the COVID-19 pandemic in aggravating already rife inequality, and how police crackdowns have further fuelled people’s anger. They also talk about how Colombian society views the protests, whether protesters’ demands are widely shared and how likely it is that President Ivan Duque’s government will take measures to address their grievances. They discuss the likelihood of similar protests elsewhere in Latin America, given that many other countries in the region suffer the same inequality, worsened by COVID, that has taken people to the streets in Colombia. 

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Contributors

Interim President
atwoodr
Naz Modirzadeh
Board Member and Harvard Professor of International Law and Armed Conflicts
Senior Analyst, Colombia
dickinsonbeth
Deputy Program Director, Latin America and Caribbean
renaticas