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¿Dónde está la UE en los grandes conflictos de Oriente Próximo?
¿Dónde está la UE en los grandes conflictos de Oriente Próximo?

¿Dónde está la UE en los grandes conflictos de Oriente Próximo?

Originally published in Política Exterior

La política de la UE en Oriente Próximo se caracteriza por una aparente paradoja. La Unión, junto con sus Estados miembros, es el segundo mayor proveedor de ayuda a la región, después de EEUU; el mayor socio comercial de Oriente Próximo; y el actor más afectado de manera directa y grave por las crisis regionales (como en Líbano, Libia y Siria). Sin embargo, su voz en las principales cuestiones de Oriente Próximo rara vez se escucha. La UE no es la única culpable, por supuesto, dadas las políticas deliberadamente ambiguas de algunos de los principales Estados miembros, que prefieren la imagen de una Europa “paralizada” a la ardua labor de formular líneas políticas comunitarias unificadas y llevar a cabo una diplomacia fuerte y concertada. La aparición de una política más asertiva por parte de los países del Grupo de Visegrado (Hungría, Polonia, República Checa y Eslovaquia) también socava cada vez más la capacidad de Europa para actuar como un frente unido. Al final, la UE es tan fuerte como sus Estados miembros le permiten serlo.

Uno de los resultados es que, con demasiada frecuencia, el Servicio Europeo de Acción Exterior es un constructor de consenso entre los 27 Estados miembros, más que un ejecutor de la política exterior. Esto tiende a reducir la política exterior de la UE a la provisión de ayuda, cuyos términos y condiciones sufren, a su vez, de una falta de estrategia política a medio y largo plazo. Para los países que no están interesados en cosechar las ganancias económicas de la ayuda europea, como las monarquías del Golfo, la UE es por tanto casi irrelevante.

La incapacidad de la UE para intervenir en la crisis de Israel y Palestina es el ejemplo actual más evidente de sus problemas estructurales.

La incapacidad de la UE para intervenir en la crisis de Israel y Palestina es el ejemplo actual más evidente de sus problemas estructurales. Aunque es el principal socio comercial de Israel y el principal donante de los palestinos, la UE es inaudible. No es de extrañar que los numerosos contactos entre el alto representante, Josep Borrell, y funcionarios regionales e internacionales (entre ellos el presidente de la Autoridad Palestina, los ministros de Asuntos Exteriores y de Defensa israelíes, los ministros de Asuntos Exteriores egipcio, jordano y turco, y el secretario de Estado de EEUU) no hayan dado ningún resultado concreto. Con el bloqueo de Hungría a la posición conjunta de la UE, Borrell se vio obligado a emitir una declaración en calidad de alto representado –en lugar de un llamamiento de la UE en su conjunto– en favor de un alto el fuego para concluir la sesión del Consejo de Asuntos Exteriores del 19 de mayo.

Por tanto, que la UE revise su política respecto al ala política de Hamás, un paso necesario en caso de que este movimiento se incorpore a un futuro gobierno palestino, parece por ahora un objetivo inalcanzable. Pero más allá de las divisiones internas, es sobre todo el desfase entre el objetivo político incansablemente repetido –restablecer un proceso que conduzca a una solución negociada de dos Estados– y la realidad sobre el terreno lo que resta credibilidad a la UE. Al fracasar diplomáticamente, la UE es cada vez más criticada por contribuir de manera indirecta –mediante un efecto distorsionador de su ayuda– a mantener la ilusión de un statu quo, mientras no bloquea la expansión de los asentamientos israelíes en Cisjordania ni desafía la resistencia de la Autoridad Palestina a la renovación política palestina.

En Líbano, por el contrario, la UE parece estar explorando nuevas vías para imponerse. Con el impulso procedente de Francia, la UE podría hacer lo que se ha negado a hacer durante mucho tiempo: dejar de lado su sagrada política de “incentivos positivos” y considerar la posibilidad de imponer sanciones personales a las figuras políticas libanesas responsables de bloquear la reforma, así como la formación de un gobierno. La adopción de un enfoque basado tanto en los palos como en las zanahorias podría allanar el camino para una política más sólida en otros lugares de la región.

Por último, cabe recordar que la inercia de la UE ante los conflictos de Oriente Próximo no siempre desagrada a los Estados miembros. Algunos incluso ven ventajas en ella. En Siria, por ejemplo, varios de los principales Estados miembros acogen con satisfacción la inacción de la UE, ya que refuerza el consenso tras la línea de que Europa no debe participar en la reconstrucción a menos que se produzcan verdaderas reformas.