Managing Crises, the Least-Bad Option
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Hamás Dividido

Para la organización islamista palestina Hamás, las revoluciones árabes han sido al mismo tiempo una bendición y una maldición. Han elevado las tensiones con Siria e Irán, los mayores apoyos con los que cuenta el movimiento, mientras que, por otro lado, han reforzado sus lazos con aliados de Estados Unidos como Egipto, Catar y Turquía. Además, los acontecimientos han intensificado las contradicciones y brechas internas entre los diversos grupos que componen Hamás.

Antes de las revueltas, la organización había podido mantener sus diferencias, en gran parte, ocultas. El hecho de que no se vieran muchas oportunidades en el horizonte hacía que no fuera necesaria ninguna rivalidad entre las distintas concepciones. Sin embargo, cuando Hamás se vio en un entorno transformado por completo, con nuevos retos y posibilidades, aparecieron tensiones que venían de atrás y fricciones de nuevo tipo. En términos generales, son reflejo de varios factores interrelacionados: la dispersión geográfica del grupo y los distintos cálculos de sus dirigentes, motivados por la variedad de circunstancias en que se encuentran (en Gaza, la cárcel, Cisjordania o el exterior); las diferencias ideológicas, en especial, aunque no solo, relacionadas con las diversas valoraciones de la repercusión de las revoluciones árabes; los diversos papeles en las actividades políticas, militares, religiosas y de gobierno del movimiento; y las rivalidades personales tradicionales.

Las disputas dentro de Hamás han tenido su plasmación más sonora y pública en el tema de la reconciliación Palestina. La razón es que se trata de una demanda fundamental de los palestinos y afecta a numerosas e importantes cuestiones estratégicas que afronta el movimiento, como la integración en la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), el control de la Autoridad Palestina, el estatus de las fuerzas de seguridad en Cisjordania y Gaza, la elaboración de una estrategia nacional con Al Fatah y el enfrentamiento político de Hamás con Israel.

Las diferencias internas del movimiento sobre la estrategia nacional, en particular hasta dónde ir en las negociaciones para la reconciliación, proceden en gran parte de las ideas opuestas sobre los efectos que las revoluciones árabes tendrán a corto plazo en el movimiento. Son distintas visiones nacidas por las distintas experiencias personales de los dirigentes en Gaza y, hasta hace poco, Damasco. La división estratégica corresponde a dos grandes concepciones relacionadas con dos tipos de intereses distintos. Una postura dice que, dado que los cambios en la región favorecen más bien a Hamás, el movimiento debe mantener sus posiciones y esperar a que la AP se debilite, las condiciones económicas en Gaza mejoren y sus aliados sean más fuertes. El otro bando propone aprovechar esta oportunidad única para tomar decisiones difíciles que quizá puedan derivar en victorias importantes a largo plazo.

La comunidad internacional se juega mucho en las decisiones que Hamás tome al final. La organización seguirá desempeñando un papel fundamental en la política palestina, por lo que las perspectivas de reanudar las negociaciones entre Israel y Palestina y sus posibilidades de éxito se verán afectadas. Para alcanzar un acuerdo que incluya dos Estados, la unificación de Cisjordania y Gaza no solo es deseable, sino necesaria. Y la división territorial, unida al persistente aislamiento económico de Gaza, contiene las semillas que pueden generar un nuevo conflicto con Israel. Por este y otros motivos, el mundo -y Occidente en especial- no puede limitarse a observar mientras Hamás debate su futuro. Estados Unidos y Europa deben ver si son capaces de aprovechar la oportunidad que ofrecen estos dos acontecimientos: el ascenso al poder (sobre todo en Egipto) de unos movimientos islamistas que quieren mejorar las relaciones con Occidente, ansían la estabilidad e indican que no quieren hacer una prioridad del problema palestino-israelí, y los intensos debates internos que están produciéndose en el seno de Hamás sobre la orientación del movimiento.

Ahora bien, aunque que la organización islamista sea susceptible a la influencia de terceros, Occidente no debe sobrepasar su papel ni pensar que tiene más peso del que tiene. El Hamás atraviesa una época de cambios e incertidumbre, pero no va a abandonar sus posiciones esenciales; que no se piense que va a aceptar las condiciones del cuarteto sin más. Por el contrario, Estados Unidos y la UE deben actuar de acuerdo con Egipto y otros países y tratar de lograr unos cambios que sean al mismo tiempo menos retóricos, más significativos y menos onerosos para Hamás.

Entre ellos podrían estar la firma con Israel de un acuerdo más formal de alto el fuego en Gaza; emprender esfuerzos para ayudar a estabilizar la situación en Sinaí, cuya gravedad quedó patente con el ataque terrorista del 5 de agosto contra unos soldados egipcios; reafirmar, como parte de un acuerdo de unidad, el mandato del presidente Mahmud Abbas para negociar un acuerdo de estatus definitivo con Israel; y comprometerse a respetar el resultado de un referéndum popular entre los palestinos sobre dicho acuerdo. A cambio, a Hamás le beneficiaría que hubiera entre el movimiento e Israel garantías recíprocas de alto el fuego en Gaza, una mejora de la condición económica de la Franja y la seguridad, por parte de Estados Unidos y la UE, de que dialogarán con cualquier Gobierno palestino de unidad que lleve a cabo esos compromisos.

Egipto, incluso con los Hermanos Musulmanes en el poder, comparte intereses con Israel en todos estos aspectos. También desea la tranquilidad en Gaza; también desea estabilizar el Sinaí, cosa que ha intentado hacer con una campaña militar puesta en marcha como respuesta al atentado; y también saldría beneficiado de que se reanudaran las negociaciones bajo los auspicios de Abbas, porque ello eliminaría un posible elemento de discordia en las relaciones con Estados Unidos, mejoraría el clima en toda la región y prepararía el terreno para un nuevo proceso de paz. ¿Por qué no tratar de aprovecharlo?

En dos ocasiones pasadas -después de las elecciones parlamentarias de 2006 en Palestina y tras el acuerdo de unidad de la Meca en 2007-, la comunidad internacional perdió el tren por no saber qué hacer con Hamás, y aprobó unas políticas que produjeron casi lo contrario de lo que se deseaba. El movimiento palestino consolidó su poder en Gaza; ha habido una guerra y peligrosos incidentes con Israel; Al Fatah no se ha reforzado; las instituciones democráticas en Gaza y Cisjordania se han deteriorado, y no se ha avanzado nada hacia un acuerdo de paz. Ahora que se avecina una tercera oportunidad, en medio de una mejora radical de las relaciones con los movimientos islamistas de la región, Occidente debe asegurarse de que no va a volver a quedarse en tierra.
 

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