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The Sahara's Frozen Conflict
The Sahara's Frozen Conflict

Sáhara Occidental: el costo del conflicto

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Resumen Ejecutivo

El conflicto del Sáhara Occidental es uno de los más antiguos del mundo, al mismo tiempo que uno de los más desatendidos. Más de 30 años después de que empezara la guerra, del desplazamiento de grandes masas de población y del cese del fuego en 1991 que congeló las posiciones militares, su terminación se vislumbra todavía lejana. Esto se debe, en gran medida, al hecho de que para la mayor parte de los actores –Marruecos, Argelia y el Frente Polisario, así como algunos países occidentales– el statu quo ofrece ventajas que podrían verse perjudicadas si se llegara a una solución. Pero el conflicto tiene costos humanos, políticos y económicos, así como víctimas reales, no sólo para los países directamente implicados y la región, sino también para la comunidad internacional en general. Es importante reconocer esto, si se quiere crear una nueva dinámica para la resolución del conflicto.

Con base en sus propios cálculos, las partes han juzgado de aceptable la situación de estancamiento. Como resultado, el conflicto se ha convertido en uno de esos “congelados” que llaman poco la atención y que no instan a llegar a un compromiso. Los costos estimados parecen muy inferiores a los costos de una solución que perjudicaría a alguna de las partes. Para Marruecos, una solución desfavorable podría tener consecuencias internas muy serias, pues la monarquía ha convertido el tema en una poderosa fuerza de unidad nacional y en un medio para controlar la amenaza que plantean los partidos políticos y el ejército para su gobierno.

Una solución desfavorable para el Frente Polisario podría llevar a la desaparición de dicho movimiento como organización política y forzarlo a llegar a un acuerdo con los notables saharauis que hace bastante tiempo hicieron las paces con Marruecos. También significaría que los refugiados saharauis en la ciudad argelina de Tindouf habrían vivido 30 años en campamentos inútilmente. Para Argelia, implicaría la pérdida de peso político en sus relaciones con Marruecos, y la derrota de principios que ha defendido desde hace más de tres decenios.

Sin embargo, estos cálculos no tienen en cuenta el precio elevado que todos –los estados, pero también, y sobre todo, la población– están pagando. Los saharauis que viven en los campamentos de Tindouf han aguantado el exilio, el aislamiento y la pobreza; cada día se sienten más abandonados por la comunidad internacional; viven bajo la autoridad de una estructura estatal en el exilio (el Polisario y la República Árabe Saharaui Democrática) que apenas se puede llamar democrática y cuyos líderes parecen estarse enriqueciendo malversando la ayuda que les envían. El Frente Polisario también ha tenido que afrontar el descontento creciente de sus bases, cuya moral y unidad se están debilitando tras años de estancamiento.

Los saharauis que viven en el 85 por ciento del territorio controlado por Marruecos disfrutan de mejores condiciones materiales, sobre todo gracias a inversiones importantes realizadas por el reino. Sin embargo, les es casi imposible expresar opiniones que no sean pro marroquíes. Rabat reprime violentamente cualquier reclamo de independencia y recurre a la tortura y a detenciones arbitrarias, a menudo contra activistas de los derechos humanos. En repetidas ocasiones ha impedido visitas de delegaciones internacionales deseosas de observar la situación, y con frecuencia expulsa a periodistas extranjeros. Mediante los numerosos beneficios que ofrece, Rabat atrae a poblaciones del norte de Marruecos hacia el Sáhara Occidental, y como resultado, los saharauis muy pronto serán minoritarios en esa área, lo cual les confiere una fuerte sensación de desposesión.

En general, los marroquíes también han tenido que soportar altos costos. Cientos de soldados de Marruecos han sido capturados y torturados por el Frente Polisario. La mayor parte ha permanecido mucho tiempo en prisión. Los marroquíes también han tenido que sobrellevar un exorbitante costo financiero (presupuesto militar, inversión en las “provincias del sur”, beneficios tributarios y salarios más elevados para funcionarios públicos) que ha ido en desmedro del desarrollo nacional, una situación especialmente seria dado que la pobreza en las zonas de tugurios corre el riesgo de impulsar un movimiento islámico salafi.

En lo que respecta a Argelia, los costos han sido principalmente financieros (desde ayuda para los refugiados hasta donación de equipo militar para el Frente Polisario) y diplomáticos (este compromiso a veces ha sido a costa de otros intereses), pero dichos costos también se tienen que medir en términos de la persistencia, en su frontera occidental, de una fuente importante de tensión. Mauritania pagó un precio por el conflicto saharaui con el golpe de Estado de 1978 que inauguró un prolongado período de inestabilidad institucional, y el tema sigue siendo una fuente potencial de inestabilidad para Nouakchott.

El costo global de este conflicto también es muy elevado para la región en su conjunto, en la medida en que entorpece el desarrollo de la Unión del Magreb Árabe, ocasionado demoras en la integración económica, escasa inversión extranjera y tasas de crecimiento más bajas. Tal vez lo más grave es el hecho de que la mala administración del área comprendida entre el Sáhara Occidental, el norte de Mauritania y el suroccidente de Argelia se haya convertido en una zona de tráfico ilegal (drogas, personas y múltiples formas de contrabando) que sufre de falta de cooperación en materia de seguridad. Por último, las Naciones Unidas están profundamente desacreditadas por su actitud frente a este conflicto, mientras que invierten cuantiosas sumas de dinero en una fuerza de observación y en ayuda económica.

Este informe describe el costo humano, social, económico, político y de seguridad que las partes deben reconocer si quieren poner fin a un conflicto tan prolongado. Otro informe de Crisis Group, publicado simultáneamente, analiza la manera en que se podría desarrollar una nueva dinámica que permita dar el giro diplomático necesario.

El Cairo/Bruselas, 11 junio de 2007

The Sahara's Frozen Conflict

Originally published in The Wall Street Journal Europe

Efforts to end the near-forgotten conflict in Western Sahara seem to have picked up momentum, after 16 years of bloody war and another 16 of failed peacemaking. The conflict began when 350,000 Moroccans marched into the formerly Spanish-controlled region in 1975, generating armed resistance by the Polisario Front movement of the local Sahrawi people, who wanted independence, not a new overlord. After apparent concessions from both Morocco and the Polisario, U.N.-sponsored talks involving the local and regional parties began this week.

But appearances can be deceiving. The dynamics of the conflict have not changed, and the formal positions of Rabat and the Algeria-backed Polisario are far apart. It's little surprise the negotiations stalled after only two days. Morocco has proposed creating a "Sahara autonomous region" but insists on retaining formal sovereignty over the area. The Polisario wants a referendum with independence as a clear option, the eventual solution proposed in 2004 by James Baker, then the U.N. Secretary-General's personal envoy for Western Sahara.

There are many reasons why the various parties in Western Sahara do not want to compromise. Elements of the Moroccan, Polisario and Algerian leaderships have vested interests in the status quo. The 1991 cease-fire is working well enough that neither the Algerian nor Moroccan publics are pressing for change. The Moroccan monarchy and Algerian presidency also have limited room for maneuver with their military commanders.

The Security Council, which has given itself the responsibility for resolving the conflict, continues to insist that an acceptable solution "will provide for the self-determination of the people of Western Sahara." So far, however, the U.N. has wholly failed to put its doctrine into practice and to organize a referendum allowing for choice between at least two options: integration with Morocco and independence. That is what would be needed for the U.N. to really put its money where its mouth has been.

The U.N. has its reasons for being cautious. Morocco's consent is hardly likely, and in its absence such a referendum would have to be imposed on it by a Security Council resolution under Chapter VII of the Charter, a course both extremely unlikely to win the necessary votes and full of operational pitfalls.

The alternative approach is for the Security Council to allow and encourage the parties to negotiate the terms of a settlement themselves, without imposing any conditions as to the outcome. It remains wholly unlikely that Algeria and the Polisario Front will persuade Morocco to resolve the dispute on the basis of the democratic principle of self-determination: Rabat's fear of an independent Western Sahara destabilizing the monarchy is just too strong.

But it is conceivable that the parties could agree on a package of reciprocal concessions that the territory's population, and its neighbors, could live with. For example, the new autonomous region could be designed to correspond exactly with Western Sahara boundaries; Rabat could stop encouraging settlement of the region from other Moroccan provinces; and it could accept the Polisario as a legal political organization capable of assuming political power in the autonomous region, if elected.

The trouble with the Security Council's position is that it has in fact set the negotiators mutually exclusive objectives. It is simultaneously continuing to stipulate that the talks between the parties vindicate the right of self-determination (which means independence is an option) and welcoming Morocco's recent autonomy proposal (which rules out independence). This recipe for deadlock is not a matter of bad faith or familiar Security Council power politics so much as competing imperatives. Self-determination, with all that implies, is a longstanding U.N. doctrine that no one really wants to abandon. Yet autonomy, while strongly favored by traditional Morocco supporters, the U.S. and France, has long been seen by others as well as a possible practical solution.

So with the best of intentions, the U.N. has succeeded only in encouraging another round of lobbying. The latest proposals by Morocco and the Polisario Front -- addressed not to each other, but to the U.N. and major Western governments -- are meant to impress the international gallery rather than serve as opening moves in a sincere negotiation with the historic adversary.

Whether achieved by a full self-determination referendum (the ideal solution), or a negotiated settlement, the main objective must be to bring this conflict to an end. Though the status quo looks appealing, it hides costs that have been unacceptably high for everyone concerned. The Sahrawi people have suffered most. Even if the 1991 cease-fire stopped most of the outright violence, refugees in the Tindouf camps in Algeria live in isolation and poverty, under political leadership that is barely democratic. Those who live in the territory controlled by Morocco fare a little better materially, but Rabat systematically suppresses political rights calls for self-determination and any right of free association.

Moroccans have also borne huge financial costs for the military presence there, the investment in the "Southern provinces," and tax breaks and higher salaries for civil servants based in Western Sahara. All of this hampers national development elsewhere. The situation is all the more serious since poverty in the country's slums is generating momentum for a Salafi Islamist movement. Algeria also faces financial and diplomatic costs, and the security problem of continuing tension on its western border. The international community has to pay large sums for an observation force and economic aid.

The answer is for the Security Council to admit its approach has become part of the problem and make a decision: either to push for self-determination, with all the problems that go with that, or let the parties resolve the dispute among themselves without preconditions.