La paz en los tiempos de la ira
La paz en los tiempos de la ira

La paz en los tiempos de la ira

La polarización entre los partidarios del presidente Santos y del expresidente Uribe amenaza con dejar heridas que serán difíciles de curar. La paz podría ser la primera víctima de estas hostilidades.

En este escenario, uno de los temas que se ha convertido en centro de debate agrio son las negociaciones de paz en marcha con las Farc. Unos y otros argumentan que la paz sería poco menos que imposible sin la reelección o, por el contrario, que la misma implicaría una victoria política de los "terroristas". 

Detrás de esta disputa, surgen dos maneras opuestas de interpretar el conflicto armado en Colombia. 

El gobierno del presidente Uribe transmitió la impresión de que la guerra contra las Farc se podía ganar y que no había nada que negociar con ellos, sino su sometimiento a la justicia. El candidato Zuluaga asegura que solo el cese de toda actividad criminal, verificable internacionalmente, podría dar pie a la continuación de las conversaciones. 

El uso del lenguaje en la campaña uribista, aludiendo estrictamente a términos como terrorismo y criminalidad, es una negación de la existencia del conflicto armado, que también se dio durante los dos gobiernos del presidente Uribe. 

Por su parte, la interpretación que construyó el presidente Santos desde sus primeros contactos con las Farc fue la del reconocimiento del conflicto armado (y por tanto, de las víctimas del mismo) y también del carácter político del conflicto, que requería por tanto de una negociación. Basados en esa interpretación, los delegados del gobierno (y de las Farc) en La Habana han hecho progresos en tres de los cinco temas de la agenda.

La disputa electoral, con este tono agresivo y excluyente, está causando daño a la negociación, pues genera la percepción de que no hay claridad sobre el rumbo que tomará el próximo gobierno, dados los entendimientos tan opuestos sobre la guerra y la paz. Los candidatos deberían procurar un consenso fundamental sobre la importancia del proceso de paz para Colombia y comprometerse a asumirlo como una política de Estado. Sin embargo, en estos tiempos de la ira esta posibilidad es remota. 

Aún cuando los logros obtenidos en La Habana no deben ser menospreciados, al proceso le falta enfrentar algunos temas centrales, que condicionarán el éxito o el fracaso de las conversaciones. En particular, el balance entre las necesidades de la paz y el derecho de las víctimas a obtener justicia, así como la manera en que las guerrillas tendrán cabida en el sistema político y social colombiano.

Si en algo coinciden ambas campañas es en que el Estado no puede negociar desde una posición de debilidad. Pero precisamente las críticas ácidas y los sabotajes explícitos debilitan a los negociadores del gobierno. 

Si el proceso de paz fracasa, o se torna inaceptable para la mitad de los colombianos, los grandes perdedores no serán ni los partidarios de Santos ni los de Uribe. Lo serán, principalmente, las personas que viven en las comunidades afectadas por el conflicto armado, que esperan que las hostilidades terminen y que el futuro de sus hijos sea diferente al de sus padres, sus abuelos, sus bisabuelos.

Es indispensable entonces que la niebla electoral no termine por sofocar la paz.

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