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Las horas más oscuras: Cortes de energía elevan la temperatura en Venezuela
Las horas más oscuras: Cortes de energía elevan la temperatura en Venezuela
Venezuela’s Mining Arc: A Legal Veneer for Armed Groups to Plunder
Venezuela’s Mining Arc: A Legal Veneer for Armed Groups to Plunder
A general view of the city during a second day of blackout in Caracas Mario Bello

Las horas más oscuras: Cortes de energía elevan la temperatura en Venezuela

Los paralizantes apagones en todo Venezuela son un sombrío augurio de lo que vendrá cuando se apliquen las sanciones petroleras de los Estados Unidos y se profundice la crisis del país. Todos los interesados ​​en poner fin al sufrimiento de los venezolanos deben insistir en una transición negociada que conduzca a un acuerdo de poder compartido.

El jueves 7 de marzo, alrededor de las cinco de la tarde, las luces se apagaron en Venezuela. En un par de horas, a medida que descendía la noche tropical, alrededor del 90 por ciento del país quedó sumido en la oscuridad por una falla masiva del sistema de generación y transmisión de electricidad, administrado por la empresa estatal Corpoelec.

Los venezolanos, especialmente los que viven fuera de la capital, Caracas, ya se han acostumbrado a apagones prolongados. El ministro de electricidad, un general del ejército, prometió que éste se arreglaría en "tres horas". Pero pronto quedó claro que se trataba de una emergencia nacional, que anunciaba una nueva fase más crítica de la prolongada crisis del país. En una parte de Caracas, las luces se encendieron después de 22 horas, pero pronto se apagaron de nuevo. El segundo corte de energía duró 32 horas. Después de 100 horas, muchas partes del país aún no estaban recibiendo energía, y una semana después de que se apagaran las luces, el servicio aún no se ha restaurado por completo.

La vida diaria prácticamente se paralizó mientras la gente luchaba por obtener bienes y servicios básicos. La deteriorada infraestructura inmediatamente comenzó a fallar. Los suministros de agua se secaron cuando las bombas dejaron de funcionar. La mitad de los hospitales del país no tienen generadores de respaldo: los recién nacidos ya no pueden mantenerse seguros en las incubadoras (muchos de ellos se reportaron muertos), el 95% de las máquinas de diálisis dejaron de operar y pacientes con necesidades tan diversas como oxígeno e insulina se enfrentaron a interrupciones potencialmente mortales de sus tratamientos.  Largas filas se formaron fuera de las pocas gasolineras que aún bombeaban gasolina y las autopistas se llenaron de vehículos estacionados en los pocos lugares donde había señal de teléfono móvil. Los habitantes desesperados de algunos barrios de Caracas comenzaron a recolectar agua del río Guaire, una alcantarilla abierta que atraviesa la capital. En el noroccidente, en la ciudad de Maracaibo, la furia pública por la falta de energía degeneró en un saqueo masivo que afectó a unas 500 empresas.

La información también fue efectivamente bloqueada. El gobierno suministró noticias limitadas y pocos medios de comunicación independientes han sobrevivido a las restricciones económicas, el acoso y la censura del estado. Las redes sociales y los sitios de noticias en línea hicieron esfuerzos heroicos, pero sin electricidad ni conexión a datos, la mayoría de la gente tenía que confiar en rumores y especulación.

En una economía ya devastada e hiperinflacionaria, el dólar estadounidense se convirtió en la moneda principal. Un cartón de huevos podría costar US$ 4; un camión cisterna de agua, si era posible conseguirlo, US$ 150. Los billetes de bolívares son casi inútiles y extremadamente difíciles de obtener, pero los pagos con tarjeta se limitaron a aquellas tiendas con un generador. Los militares establecieron el control sobre los pocos lugares en Caracas donde un camión puede tomar agua limpia, y solo aquellos que tenían conexiones pudieron beneficiarse.  Varias fotografías circularon en línea supuestamente mostrando la entrega de agua a las casas de funcionarios prominentes.

Lo que está claro es que cuando las sanciones existentes y las que vengan en el futuro surtan efecto, las condiciones de vida en Venezuela empeorarán.

¿Una conspiración internacional?

El gobierno de inmediato denominó la situación como un "sabotaje", como lo ha hecho prácticamente con todos los grandes apagones anteriores, de los cuales ha habido docenas. A medida que las horas se extendían a días sin energía eléctrica, la culpabilidad se hizo más específica. El presidente Nicolás Maduro dijo que se debía a una combinación de guerra cibernética, un "ataque electromagnético" y un sabotaje directo de una subestación eléctrica, todo realizado por los Estados Unidos o la oposición nacional. Los expertos tenían una explicación más mundana: un incendio por debajo de las líneas eléctricas descuidadas supuestamente sobrecalentó los cables de transmisión, lo que provocó que los generadores hidroeléctricos que suministran más del 80 por ciento de la energía del país fallaran. Las centrales térmicas que podrían compensar el déficit operan a una fracción de su capacidad debido a años de negligencia y mala gestión. Los partidarios del gobierno argumentan que la dependencia de la red nacional en unas pocas fuentes hidroeléctricas se remonta al período anterior a la toma de posesión del fallecido presidente Hugo Chávez.

El gobierno no ha argumentado que el apagón fue una consecuencia de las severas sanciones que los Estados Unidos impusieron a Venezuela a fines de enero. Estas medidas, que impiden que el gobierno de Maduro se beneficie de las ventas de petróleo que anteriormente constituían su principal fuente de ingresos, se diseñaron para forzar la renuncia de Maduro para que Juan Guaidó, a quien Washington y docenas de sus aliados reconocen como el legítimo presidente interino, pudiera tomar el poder. Todavía no está claro si tendrán éxito en esta empresa; lo que está claro es que cuando las sanciones existentes y las que vengan en el futuro surtan efecto, las condiciones de vida en Venezuela empeorarán. El propósito declarado es estrangular financieramente al gobierno, y sin duda empeorarán una crisis que ya ha provocado que más de tres millones de personas emigren.

Una profunda crisis de liderazgo

El inexorable empeoramiento de la crisis humanitaria de Venezuela y el declive de sus servicios públicos bajo una política de intensificación de las sanciones de los Estados Unidos, que hasta el momento no ha logrado su objetivo principal de destituir al gobierno, hace que una solución política sea más imperativa que nunca. Pero hasta ahora ni el gobierno ni la oposición respaldada por los Estados Unidos muestran una voluntad pública de negociar una transición.

El gobierno espera que, a la oposición, que obtuvo enormes logros bajo el liderazgo de Guaidó a principios de año, se le esté acabando la gasolina. Maduro y sus aliados se enorgullecen del hecho de que la intervención militar de los Estados Unidos parece poco probable en esta etapa, debido en parte a la negativa de otros países del hemisferio a contemplarla. Y sus denuncias de sabotaje dirigidas contra la oposición están configurando una narrativa política que retrata a sus enemigos como empeñados en eliminar al gobierno sin importar el costo para el público. Una vez más, amenaza con procesar a Guaidó, desafiando las amenazas de Washington y sus aliados de consecuencias no especificas pero graves. Estados Unidos cerró su embajada y anunció que la presencia continua de sus diplomáticos era una "restricción" en su política, y que los gobiernos de Europa y América Latina están considerando medidas similares. Una razón es que les preocupa la seguridad de sus diplomáticos; ahora que los EE. UU. se han retirado, sienten que pueden ser objeto de represalias.

Mientras, la oposición insiste en su plan de tres partes para un nuevo gobierno: poner fin a la “usurpación” del poder por parte de Maduro, formar un gobierno de transición y eventualmente (quizás luego de nueve a doce meses) llevar a cabo nuevas elecciones bajo un sistema electoral reformado. Sin embargo, el plan está estancado en el primer punto, ya que Maduro no da señales de renunciar y Guaidó y sus partidarios en los EE. UU. y América Latina tampoco muestran señales de cambiar su insistencia en que lo haga.

A menos que las fuerzas armadas retiren su apoyo al presidente, lo más probable es que Maduro se mantenga en el poder. La lealtad del alto mando militar a él, ha confundido las expectativas de la oposición un tanto ingenuas sobre una rápida ruptura en las fuerzas armadas. Sin una división fundamental en el chavismo, las sanciones arriesgan con prolongar e intensificar la agonía de la población y dar un nuevo estímulo a la crisis migratoria que está agotando los recursos de los países vecinos, sobre todo de Colombia, lo que puede ser desestabilizante.

En privado, los políticos de la oposición y sus aliados extranjeros están empezando a contemplar otro camino, como supuestamente lo están haciendo también algunos oficiales del gobierno. La oposición insiste en que su objetivo principal es llevar a cabo elecciones libres y justas, pero los EE. UU. y sus aliados venezolanos dicen que estas no se pueden realizar con Maduro aún en el poder. Fuentes cercanas al gobierno sugieren que unas elecciones anticipadas bajo autoridades reformadas y con total observación internacional sería un resultado aceptable. Pero estipulan que un acuerdo en este tema no puede parecer como el resultado de la presión internacional, mucho menos de EE. UU., sobre Maduro. El gobierno también demandaría que se permita la participación de un candidato chavista en las elecciones, y que, si él o ella ganara, su victoria sea respetada por todos los países y partidos. Finalmente, exigen que las sanciones sean levantadas antes de las elecciones para que sus posibilidades no se vean significativamente mermadas.

Aunque ahora parezca difícil, un acuerdo inicial sobre unas futuras elecciones podría allanar el camino para una serie de negociaciones públicas más amplias sobre el futuro político y acuerdos económicos en Venezuela, suavizando así la probable animosidad que sienta el lado perdedor en las elecciones. Estos diálogos también servirían para persuadir a altos oficiales militares que los intereses de las fuerzas armadas en su conjunto y sus prospectos económicos personales serán protegidos adecuadamente. El ejército como institución es vital para la transición, sobre todo debido a la proliferación en las últimas dos décadas de grupos armados de todo tipo, desde bandas criminales hasta guerrilleros colombianos y paramilitares progubernamentales (los llamados "colectivos"), que han empezado a dividir el país en feudos semiautónomos.

Una transición genuina incluiría la formación de una administración interina en la que la oposición, lideres progubernamentales, las fuerzas armadas y los gremios estén representados.

Una transición genuina incluiría la formación de una administración interina en la que la oposición, lideres progubernamentales, las fuerzas armadas y los gremios estén representados. Estaría a cargo de aliviar la crisis humanitaria y estabilizar la economía mientras las sanciones son levantadas progresivamente, y el país se prepara para tener elecciones libres. La Asamblea Nacional liderada por la oposición ha empezado a elaborar un marco legal para la transición, aunque continua insistiendo en que Guaidó debería tener el poder ejecutivo en espera de las elecciones. En cualquier caso, se necesita hacer mucho más, especialmente para explicar el futuro papel de los militares, la metodología para formar un gabinete interino y las garantías genuinas para el liderazgo saliente de que el chavismo seguirá siendo una parte integral del panorama político de Venezuela. Los gobiernos extranjeros y los organismos internacionales tienen un papel vital que desempeñar para llevar a las dos partes a la mesa y actuar como garantes de cualquier acuerdo.

Cómo los poderes extranjeros pueden apoyar una transición pacífica

Cualquier acuerdo para compartir el poder será extremadamente difícil de vender para los políticos de ambos lados. Uno y otro han hecho creer a sus simpatizantes que existe una solución en la que “el ganador se lo lleva todo”. Dar marcha atrás a esta posición puede causar serias disputas internas, permitiendo potencialmente al ala dura de ambos lados quebrantar la transición. Los aliados extranjeros de Maduro y Guaidó deben ayudar siendo claros en que no contemplarán ni el mantenimiento del status quo ni una intervención militar externa. En el mejor de los casos, Washington, Moscú y Pekín llegarían a un acuerdo sobre cómo la crisis debe solucionarse, -una hazaña difícil dadas las tenciones entre ellos y su distintos intereses políticos y económicos en Venezuela. La Unión Europea y su recientemente formado Grupo de Contacto tienen un rol que jugar en este proceso, así como en la elaboración de un camino hacia las negociaciones internas.

Ninguno de los involucrados, incluyendo aquellos que comienzan a ver lo inevitable de tal plan, tiene la ilusión de que este camino será fácil. Implicará muchas decisiones extremadamente difíciles y desagradables para todos los involucrados, así como concesiones sobre convicciones muy arraigadas, que solo es probable que hagan si están convencidos de que las alternativas son mucho peores. Los cortes de energía han demostrado que las perspectivas para Venezuela son extremadamente sombrías si no hay negociaciones. Todos los involucrados que tengan interés en evitar más violencia y sufrimiento en el país deben apostar decididamente al diálogo.

Venezuela’s Mining Arc: A Legal Veneer for Armed Groups to Plunder

Originally published in The Guardian

Late 2016, Nicolás Maduro tweeted a photograph of himself with a smile on his face and a gleaming ingot in his hands – but not all that glitters is gold.

Venezuela claims to possess some of the largest untapped gold and coltan reserves in the world, and the country’s gold rush picked up when the president decreed the creation of a massive area of 112,000 sq km destined for mining, known as the Orinoco mining arc. In a recently published development plan Venezuela set the goal to produce more than 80,ooo kilos of gold a year by 2025.

The project, launched in February 2016, was supposed to drive development, but many mining projects announced by the government have failed to materialize, and the mining arc now seems little more than a legal veneer for plunder by an expanding range of armed groups.

Multiple non-state armed groups are spreading their hold over southern Venezuela, adding another unpredictable factor to the country’s current crisis – and complicating any efforts for a peaceful resolution.

Their methods and origins may be different, but their motivation is one which has driven violence in Latin America since colonial times: a hunger for gold and other valuable minerals.

Venezuelan crime syndicates have run informal mines for years. More recently, Colombian guerrillas – dissidents from the now-demobilized Revolutionary Armed Forces of Colombia (Farc) and members of the National Liberation Army (ELN) – have expanded their reach hundreds of miles into Venezuela.

The groups are deeply entrenched in local communities, and often work in volatile alliances with parts of the military who privately profit from illegal mining.

At least 300,000 people work at wildcat mines which have caused huge environmental damage, and sparked a malaria epidemic.

Confrontations between the rival armed groups make southern Venezuela one of the most violent regions in Latin America. “Everybody wants to be boss,” explained a former miner who fled to Colombia to avoid the escalating violence.

Numerous sources confirm the army’s participation in illicit mining and report that military death squads have occasionally entered mines to settle disputes. Most killings go unrecorded, but local media have reported more than a dozen massacres since 2016. Municipalities in the mining region cope with homicide far above that of Caracas, the world’s most violent capital city.

Of these factions, the ELN is one of the most prominent, operating in 13 of Venezuela’s 24 states and extending its reach across the southern mining regions to form a corridor across Venezuela to near its disputed border with Guyana.

The ELN’s tactical and ideological alignment with the Venezuelan government is grist to the mill for those arguing for a military intervention against Maduro.

But any foreign incursion could potentially trigger a disastrous escalation of violence, possibly leading to a low-intensity conflict that would cause tremendous suffering for Venezuela’s most vulnerable populations.

The ELN is now Latin America’s biggest guerrilla army, and has vowed to defend Maduro’s government in the event of a foreign intervention.

Local sources have described how the guerrillas embed themselves in local communities, giving political and military training.

“They make [the locals] fall in love, offer them weapons and they indoctrinate them,” said one indigenous leader from Bolívar state. As in Colombia, the rebels intervene in local disputes and offer a measure of authority in lawless areas – wildcat miners confirm that they prefer the presence of the guerrillas over the brutal and less tolerant Venezuelan crime syndicates.

So what should be done? The freedom with which armed groups operate south of the Orinoco river reflects the weakness of the Venezuelan state. But threats of foreign military intervention will simply embolden the guerrillas and strengthen their ties to Caracas.

Humanitarian aid is essential for the inhabitants of the region, but its safe entry will depend on the Venezuelan government’s consent – and will not be served by the sort of forced entry attempted in February.

The communities facing the most urgent humanitarian needs are remote and indigenous populations in the south, which are already suffering from epidemics and shortages. Food shortages are exacerbated by the dependence on gold as currency in mining towns.

Outside actors should work to clean up Venezuelan mineral supply chains. Foreign states should enforce due diligence frameworks on mineral exporters and commodity exchanges to minimize risks that they buy minerals that finance conflict and human rights abuses.

For now, the extraction of gold, coltan and other minerals funds armed groups and harms indigenous communities. Even the minerals that are sold by Venezuelan state companies and the Venezuelan central bank (BCV) stem in part from the same mines controlled by armed groups and should therefore be classified as conflict minerals.

Forgotten parts of southern Venezuela are of key importance to the political future of the country. Communities abandoned by the state – and the armed groups that prey on them – merit more concern from international actors disputing Venezuela’s future. Peace in Venezuela cannot be achieved without taking the south into account.