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Las horas más oscuras: Cortes de energía elevan la temperatura en Venezuela
Las horas más oscuras: Cortes de energía elevan la temperatura en Venezuela
¿Derrocará la presión al gobierno venezolano?
¿Derrocará la presión al gobierno venezolano?
A general view of the city during a second day of blackout in Caracas Mario Bello

Las horas más oscuras: Cortes de energía elevan la temperatura en Venezuela

Los paralizantes apagones en todo Venezuela son un sombrío augurio de lo que vendrá cuando se apliquen las sanciones petroleras de los Estados Unidos y se profundice la crisis del país. Todos los interesados ​​en poner fin al sufrimiento de los venezolanos deben insistir en una transición negociada que conduzca a un acuerdo de poder compartido.

El jueves 7 de marzo, alrededor de las cinco de la tarde, las luces se apagaron en Venezuela. En un par de horas, a medida que descendía la noche tropical, alrededor del 90 por ciento del país quedó sumido en la oscuridad por una falla masiva del sistema de generación y transmisión de electricidad, administrado por la empresa estatal Corpoelec.

Los venezolanos, especialmente los que viven fuera de la capital, Caracas, ya se han acostumbrado a apagones prolongados. El ministro de electricidad, un general del ejército, prometió que éste se arreglaría en "tres horas". Pero pronto quedó claro que se trataba de una emergencia nacional, que anunciaba una nueva fase más crítica de la prolongada crisis del país. En una parte de Caracas, las luces se encendieron después de 22 horas, pero pronto se apagaron de nuevo. El segundo corte de energía duró 32 horas. Después de 100 horas, muchas partes del país aún no estaban recibiendo energía, y una semana después de que se apagaran las luces, el servicio aún no se ha restaurado por completo.

La vida diaria prácticamente se paralizó mientras la gente luchaba por obtener bienes y servicios básicos. La deteriorada infraestructura inmediatamente comenzó a fallar. Los suministros de agua se secaron cuando las bombas dejaron de funcionar. La mitad de los hospitales del país no tienen generadores de respaldo: los recién nacidos ya no pueden mantenerse seguros en las incubadoras (muchos de ellos se reportaron muertos), el 95% de las máquinas de diálisis dejaron de operar y pacientes con necesidades tan diversas como oxígeno e insulina se enfrentaron a interrupciones potencialmente mortales de sus tratamientos.  Largas filas se formaron fuera de las pocas gasolineras que aún bombeaban gasolina y las autopistas se llenaron de vehículos estacionados en los pocos lugares donde había señal de teléfono móvil. Los habitantes desesperados de algunos barrios de Caracas comenzaron a recolectar agua del río Guaire, una alcantarilla abierta que atraviesa la capital. En el noroccidente, en la ciudad de Maracaibo, la furia pública por la falta de energía degeneró en un saqueo masivo que afectó a unas 500 empresas.

La información también fue efectivamente bloqueada. El gobierno suministró noticias limitadas y pocos medios de comunicación independientes han sobrevivido a las restricciones económicas, el acoso y la censura del estado. Las redes sociales y los sitios de noticias en línea hicieron esfuerzos heroicos, pero sin electricidad ni conexión a datos, la mayoría de la gente tenía que confiar en rumores y especulación.

En una economía ya devastada e hiperinflacionaria, el dólar estadounidense se convirtió en la moneda principal. Un cartón de huevos podría costar US$ 4; un camión cisterna de agua, si era posible conseguirlo, US$ 150. Los billetes de bolívares son casi inútiles y extremadamente difíciles de obtener, pero los pagos con tarjeta se limitaron a aquellas tiendas con un generador. Los militares establecieron el control sobre los pocos lugares en Caracas donde un camión puede tomar agua limpia, y solo aquellos que tenían conexiones pudieron beneficiarse.  Varias fotografías circularon en línea supuestamente mostrando la entrega de agua a las casas de funcionarios prominentes.

Lo que está claro es que cuando las sanciones existentes y las que vengan en el futuro surtan efecto, las condiciones de vida en Venezuela empeorarán.

¿Una conspiración internacional?

El gobierno de inmediato denominó la situación como un "sabotaje", como lo ha hecho prácticamente con todos los grandes apagones anteriores, de los cuales ha habido docenas. A medida que las horas se extendían a días sin energía eléctrica, la culpabilidad se hizo más específica. El presidente Nicolás Maduro dijo que se debía a una combinación de guerra cibernética, un "ataque electromagnético" y un sabotaje directo de una subestación eléctrica, todo realizado por los Estados Unidos o la oposición nacional. Los expertos tenían una explicación más mundana: un incendio por debajo de las líneas eléctricas descuidadas supuestamente sobrecalentó los cables de transmisión, lo que provocó que los generadores hidroeléctricos que suministran más del 80 por ciento de la energía del país fallaran. Las centrales térmicas que podrían compensar el déficit operan a una fracción de su capacidad debido a años de negligencia y mala gestión. Los partidarios del gobierno argumentan que la dependencia de la red nacional en unas pocas fuentes hidroeléctricas se remonta al período anterior a la toma de posesión del fallecido presidente Hugo Chávez.

El gobierno no ha argumentado que el apagón fue una consecuencia de las severas sanciones que los Estados Unidos impusieron a Venezuela a fines de enero. Estas medidas, que impiden que el gobierno de Maduro se beneficie de las ventas de petróleo que anteriormente constituían su principal fuente de ingresos, se diseñaron para forzar la renuncia de Maduro para que Juan Guaidó, a quien Washington y docenas de sus aliados reconocen como el legítimo presidente interino, pudiera tomar el poder. Todavía no está claro si tendrán éxito en esta empresa; lo que está claro es que cuando las sanciones existentes y las que vengan en el futuro surtan efecto, las condiciones de vida en Venezuela empeorarán. El propósito declarado es estrangular financieramente al gobierno, y sin duda empeorarán una crisis que ya ha provocado que más de tres millones de personas emigren.

Una profunda crisis de liderazgo

El inexorable empeoramiento de la crisis humanitaria de Venezuela y el declive de sus servicios públicos bajo una política de intensificación de las sanciones de los Estados Unidos, que hasta el momento no ha logrado su objetivo principal de destituir al gobierno, hace que una solución política sea más imperativa que nunca. Pero hasta ahora ni el gobierno ni la oposición respaldada por los Estados Unidos muestran una voluntad pública de negociar una transición.

El gobierno espera que, a la oposición, que obtuvo enormes logros bajo el liderazgo de Guaidó a principios de año, se le esté acabando la gasolina. Maduro y sus aliados se enorgullecen del hecho de que la intervención militar de los Estados Unidos parece poco probable en esta etapa, debido en parte a la negativa de otros países del hemisferio a contemplarla. Y sus denuncias de sabotaje dirigidas contra la oposición están configurando una narrativa política que retrata a sus enemigos como empeñados en eliminar al gobierno sin importar el costo para el público. Una vez más, amenaza con procesar a Guaidó, desafiando las amenazas de Washington y sus aliados de consecuencias no especificas pero graves. Estados Unidos cerró su embajada y anunció que la presencia continua de sus diplomáticos era una "restricción" en su política, y que los gobiernos de Europa y América Latina están considerando medidas similares. Una razón es que les preocupa la seguridad de sus diplomáticos; ahora que los EE. UU. se han retirado, sienten que pueden ser objeto de represalias.

Mientras, la oposición insiste en su plan de tres partes para un nuevo gobierno: poner fin a la “usurpación” del poder por parte de Maduro, formar un gobierno de transición y eventualmente (quizás luego de nueve a doce meses) llevar a cabo nuevas elecciones bajo un sistema electoral reformado. Sin embargo, el plan está estancado en el primer punto, ya que Maduro no da señales de renunciar y Guaidó y sus partidarios en los EE. UU. y América Latina tampoco muestran señales de cambiar su insistencia en que lo haga.

A menos que las fuerzas armadas retiren su apoyo al presidente, lo más probable es que Maduro se mantenga en el poder. La lealtad del alto mando militar a él, ha confundido las expectativas de la oposición un tanto ingenuas sobre una rápida ruptura en las fuerzas armadas. Sin una división fundamental en el chavismo, las sanciones arriesgan con prolongar e intensificar la agonía de la población y dar un nuevo estímulo a la crisis migratoria que está agotando los recursos de los países vecinos, sobre todo de Colombia, lo que puede ser desestabilizante.

En privado, los políticos de la oposición y sus aliados extranjeros están empezando a contemplar otro camino, como supuestamente lo están haciendo también algunos oficiales del gobierno. La oposición insiste en que su objetivo principal es llevar a cabo elecciones libres y justas, pero los EE. UU. y sus aliados venezolanos dicen que estas no se pueden realizar con Maduro aún en el poder. Fuentes cercanas al gobierno sugieren que unas elecciones anticipadas bajo autoridades reformadas y con total observación internacional sería un resultado aceptable. Pero estipulan que un acuerdo en este tema no puede parecer como el resultado de la presión internacional, mucho menos de EE. UU., sobre Maduro. El gobierno también demandaría que se permita la participación de un candidato chavista en las elecciones, y que, si él o ella ganara, su victoria sea respetada por todos los países y partidos. Finalmente, exigen que las sanciones sean levantadas antes de las elecciones para que sus posibilidades no se vean significativamente mermadas.

Aunque ahora parezca difícil, un acuerdo inicial sobre unas futuras elecciones podría allanar el camino para una serie de negociaciones públicas más amplias sobre el futuro político y acuerdos económicos en Venezuela, suavizando así la probable animosidad que sienta el lado perdedor en las elecciones. Estos diálogos también servirían para persuadir a altos oficiales militares que los intereses de las fuerzas armadas en su conjunto y sus prospectos económicos personales serán protegidos adecuadamente. El ejército como institución es vital para la transición, sobre todo debido a la proliferación en las últimas dos décadas de grupos armados de todo tipo, desde bandas criminales hasta guerrilleros colombianos y paramilitares progubernamentales (los llamados "colectivos"), que han empezado a dividir el país en feudos semiautónomos.

Una transición genuina incluiría la formación de una administración interina en la que la oposición, lideres progubernamentales, las fuerzas armadas y los gremios estén representados.

Una transición genuina incluiría la formación de una administración interina en la que la oposición, lideres progubernamentales, las fuerzas armadas y los gremios estén representados. Estaría a cargo de aliviar la crisis humanitaria y estabilizar la economía mientras las sanciones son levantadas progresivamente, y el país se prepara para tener elecciones libres. La Asamblea Nacional liderada por la oposición ha empezado a elaborar un marco legal para la transición, aunque continua insistiendo en que Guaidó debería tener el poder ejecutivo en espera de las elecciones. En cualquier caso, se necesita hacer mucho más, especialmente para explicar el futuro papel de los militares, la metodología para formar un gabinete interino y las garantías genuinas para el liderazgo saliente de que el chavismo seguirá siendo una parte integral del panorama político de Venezuela. Los gobiernos extranjeros y los organismos internacionales tienen un papel vital que desempeñar para llevar a las dos partes a la mesa y actuar como garantes de cualquier acuerdo.

Cómo los poderes extranjeros pueden apoyar una transición pacífica

Cualquier acuerdo para compartir el poder será extremadamente difícil de vender para los políticos de ambos lados. Uno y otro han hecho creer a sus simpatizantes que existe una solución en la que “el ganador se lo lleva todo”. Dar marcha atrás a esta posición puede causar serias disputas internas, permitiendo potencialmente al ala dura de ambos lados quebrantar la transición. Los aliados extranjeros de Maduro y Guaidó deben ayudar siendo claros en que no contemplarán ni el mantenimiento del status quo ni una intervención militar externa. En el mejor de los casos, Washington, Moscú y Pekín llegarían a un acuerdo sobre cómo la crisis debe solucionarse, -una hazaña difícil dadas las tenciones entre ellos y su distintos intereses políticos y económicos en Venezuela. La Unión Europea y su recientemente formado Grupo de Contacto tienen un rol que jugar en este proceso, así como en la elaboración de un camino hacia las negociaciones internas.

Ninguno de los involucrados, incluyendo aquellos que comienzan a ver lo inevitable de tal plan, tiene la ilusión de que este camino será fácil. Implicará muchas decisiones extremadamente difíciles y desagradables para todos los involucrados, así como concesiones sobre convicciones muy arraigadas, que solo es probable que hagan si están convencidos de que las alternativas son mucho peores. Los cortes de energía han demostrado que las perspectivas para Venezuela son extremadamente sombrías si no hay negociaciones. Todos los involucrados que tengan interés en evitar más violencia y sufrimiento en el país deben apostar decididamente al diálogo.

A Chavista holds a sign that reads “With hunger and no job, with Maduro I remain. Long live the homeland” during a demonstration in support of Venezuelan president Nicolás Maduro Caracas, Venezuela – 9 March 2019. Hugo Passarello Luna / Hans Lucas

¿Derrocará la presión al gobierno venezolano?

In Venezuela, the lights go off nearly every day, and there is little for most families to put on the dinner table. Amid the growing misery, will the government’s social base abandon it for the opposition challenger? And will the government itself crack under pressure?

Ángela (no es su nombre real) maneja la entrega de las raciones estatales de alimentos conocida como CLAPs en su barrio de clase obrera de Caracas. Ella es una seguidora de toda la vida del chavismo - la filosofía de izquierda y de economía estatizada predicada por el fallecido presidente Hugo Chávez - y leal a su sucesor, el asediado Nicolás Maduro. Pero hoy, con numerosos poderes externos apoyando la demanda del representante de la oposición Juan Guaidó a la presidencia y con Venezuela hundiéndose cada vez más en la pobreza y desesperación, admite que ella y sus amigos están “hastiados”. Me pregunto, ¿en qué punto del esfuerzo liderado por EE. UU. de asfixiar al gobierno de Maduro podría ella finalmente renunciar a la causa?, ¿en qué punto podrían las sanciones y otras presiones tener el efecto deseado? Sus ojos se ponen vidriosos ante la pregunta. “Yo no puedo vivir sin mis medicamentos”.

Mientras me siento en su sala, un amigo o pariente pasa con una bolsa de huesos de res. Ángela asiente con aprobación. No estoy seguro si ella pretende hervirlos para comerlos con su familia o para alimentar al escuálido perro acurrucado a mi lado. Podría ser cualquiera de las opciones, ya que la carne es poco asequible para la mayoría de los venezolanos y los carniceros locales ahora cobran los precios en dólares norteamericanos – aunque Ángela dice que nunca en su vida ha tenido un billete de dólar. Pero sería irrespetuoso preguntar. Estamos en La Vega, un populoso distrito en el occidente de la capital que hace décadas se formó en los márgenes de una fábrica que abastecía el concreto que levantó las torres y pavimentó las carreteras de una metrópolis que una vez fue próspera. Los chavistas de La Vega, y hay muchos, apuntan a los logros históricos de los quince años de mandato de su ídolo. Dicen que por primera vez un gobierno venezolano oyó el clamor de los pobres. Gracias a los altos precios del petróleo, ofreció líneas de crédito a la clase trabajadora para que construyeran sus casas. Les brindó trabajos estables y un sistema de salud decente. Las masas ya no eran marginalizadas por las clases superiores, quienes ahora se encogían ante su poder político.

En las bases sociales del chavismo el descontento con Maduro y el miedo a los efectos de las sanciones nunca están muy lejos de la superficie.

En las bases sociales del chavismo, en un lugar como La Vega, el descontento con Maduro y el miedo a los efectos de las sanciones nunca están muy lejos de la superficie. Una activista comunitaria llega en duelo a nuestra reunión en un proyecto de vivienda cercano. Una amiga de 34 años acaba de morir de tuberculosis, provocada por la desnutrición y agravada por la falta de antibióticos. La activista reprime su dolor y procede a repudiar la ética del chavismo contemporáneo, decrépita en comparación con los primeros días del movimiento. Donde antes había abundancia, ahora hay anaqueles vacíos y el transporte público está desapareciendo. Donde una vez hubo la promesa de la democracia popular, ahora están las redadas y los asesinatos de la Fuerza de Acción Especial de la Policía Nacional Bolivariana (FAES), la obsesión por asegurar los votos y la propaganda de las redes sociales. Pero tiene claro quién es su enemigo político: "No quiero volver a la rancia oligarquía".

Un frente desafiante

La campaña de Guaidó plantea preguntas similares a los oficiales chavistas y militares de alto rango. ¿Cuánto tiempo pueden seguir respaldando a Maduro si el gobierno no puede proporcionar servicios básicos o garantizar que las familias como la de Ángela tengan suficiente para comer? ¿Qué tan mal tiene que ponerse la situación antes de que el gobierno ceda?

En las esferas más altas del gobierno, los chavistas cuentan pequeñas victorias tácticas sobre la campaña de la oposición venezolana, respaldada por los Estados Unidos y sus aliados latinoamericanos y europeos para desplazar a Maduro. Se atribuyen como éxito que el alto mando militar ha mantenido su cohesión; que en febrero el gobierno frustró la entrada de la ayuda humanitaria de la oposición; y que el país ha resistido repetidos cortes de energía en todo el país con unos pocos desmanes limitados y locales. Múltiples fuentes cercanas al gobierno aseguran que una lógica de supervivencia se ha apoderado del Estado. Éste atribuye sin evidencia cada corte de los servicios públicos a intrigas imperialistas; cada día endurece su postura contra la oposición. Ha puesto a Guaidó, el que sería el presidente en representación de la oposición, bajo una prohibición de viaje, ha impedido que pueda presentarse a elecciones y lo ha despojado de su inmunidad parlamentaria para enjuiciamientos, al tiempo que encarceló a su jefe de gabinete.

A street in La Vega, Caracas, March 2019. CRISISGROUP/Ivan Briscoe.

Sin embargo, más allá de las bravuconadas, no es difícil encontrar experimentados chavistas que entienden que las victorias que enumeran son pírricas. Las bases económicas del país se encuentran en una grave situación y empeoran. Las importaciones estadounidenses de petróleo venezolano se han derrumbado a cero bajo las sanciones impuestas a fines de enero, mientras que la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) informa que la producción de petróleo ha caído al menos un 13 por ciento solo en febrero, aunque otras estimaciones apuntan a una caída mucho mayor. Fuentes cercanas al gobierno dicen que las nuevas sanciones bancarias impuestas por los EE. UU. en marzo, días después del arresto del jefe de gabinete de Guaidó, podrían obligar al Estado a pagar millones de dólares en efectivo por los alimentos importados utilizados para los CLAPs; dinero que el Estado lucharía por conseguir. Algunos diplomáticos venezolanos deben hacer el periplo a otro país latinoamericano para obtener su salario. 

“No estamos preparados para un largo régimen de sanciones”, dice el jefe de gabinete de un chavista prominente. “Creo que sobreestimamos nuestro poder de resistir y subestimamos la capacidad de las sanciones gringas de presionarnos”.

Un círculo cercano preocupado

El círculo más cercano a Maduro - estimado en unas diez a veinte personas por Elliott Abrams, representante especial de EE. UU. para Venezuela – no es inconsciente de la escala del acelerado desastre, como los críticos a menudo sugieren. Al dar su consentimiento a la Cruz Roja para que empiece la distribución de ayuda humanitaria en Venezuela, el gobierno reconoce en efecto la realidad de indigencia pública. Otros organismos humanitarios globales informan acercamientos directos del gobierno para comenzar las operaciones de ayuda. La falta de suministro de agua producto de los cortes de energía es imposible de ignorar para los funcionarios: la semana pasada condujo a violentas protestas en barrios chavistas a algunas cuadras del palacio presidencial en Caracas, y la gente regularmente llena sus baldes en las fétidas aguas del río Guaire que atraviesa la ciudad. Pero el gobierno muestra estas extremas carencias como parte de una guerra de desgaste, y cada nueva adversidad es un pretexto para que los líderes del gobierno o las poderosas facciones chavistas repriman a la oposición con más vehemencia.

El círculo íntimo también es consciente de que negarse a ceder ante cualquier demanda de la oposición, con la excepción de aceptar la ayuda humanitaria, y rechazar los gestos que podrían ayudar a iniciar negociaciones serias podrían provocar una catástrofe. Un experimentado chavista identifica tres escenarios en los que el gobierno podría verse obligado a dialogar: desorden público masivo, similar al de los disturbios del Caracazo de 1989 que siguieron a un alza en los precios del combustible, llevaron a cientos de muertes y ayudaron a allanar el camino para el ascenso de Chávez; divisiones entre las alas civiles y militares del gobierno; y una intervención militar extranjera.

Pero varias fuentes cercanas al gobierno apuntan que, aun en estos casos extremos, los líderes civiles pueden no ceder su postura inflexible. Las fuerzas armadas, lideradas por el ministro de defensa Vladimir Padrino López, pueden tener que persuadirlos para que lo hagan. Como dijo una fuente familiar al pensamiento del gobierno, “cuando el alto mando militar vea que el costo de ceder a la presión externa es menor al costo de mantener la paz y orden interno, entonces es posible que actúen”. Según informes, las tensiones con los militares se han desatado a raíz de los cortes de energía de marzo. Por el momento, sin embargo, parece poco probable que las fuerzas armadas deseen dar un golpe de estado. No ha habido ningún golpe exitoso en Venezuela desde 1958, y las condiciones para llevarlo a cabo ahora son poco propicias, dado que los servicios de inteligencia vigilan atentamente los cuarteles y debido a las graves consecuencias que pagan los supuestos conspiradores.

Una oposición optimista

La oposición reconoce que su campaña para sacar del poder a Maduro, establecer un gobierno transicional y realizar elecciones libres y justas se ha topado con dificultades. Sin embargo, muchos se muestran imperturbables, y dicen que la terquedad chavista es simplemente lo que se esperaría de funcionarios corruptos y criminales desesperados por mantenerse en el poder. Fuentes cercanas a Guaidó insisten en que son pacientes. Apuntan a que el presidente interino es ahora el político más popular de Venezuela, con un apoyo cercano al 60 por ciento. A algunos pragmáticos de la oposición les disgusta que el apoyo incondicional del gobierno de Trump a Guaidó haya tomado la forma de compromisos para hacer retroceder el socialismo en las Américas o restaurar la Doctrina Monroe. Sin embargo, a otros no les importa que florezcan tales retóricas: Washington, en palabras de un importante aliado de Guaidó, es el "policía malo" que ofrece protección para el sonriente "policía bueno" que finalmente prevalecerá.

Los líderes chavistas ahora hablan con franqueza de las condiciones bajo las cuales aceptarían nuevas elecciones y un posible período de oposición.

Sin embargo, no todos los miembros de la oposición creen que es sabio que Guaidó se asocie a las sanciones que están profundizando el sufrimiento de los venezolanos y desencadenando un caos esporádico. Un diputado de la Asamblea Nacional, el parlamento dominado por la oposición al cual Maduro despojó de sus poderes en 2017, comenta que visitó Maracaibo, la sofocante capital petrolera del noroeste del país, días después que los cortes de energía llegaran a su climax con el saqueo de aproximadamente quinientos negocios. Según informes, algunos comerciantes se armaron para proteger sus establecimientos después de descubrir que la policía se había ido. “Mis aliados ahí solían atacarme por llamar al dialogo con el gobierno. Ahora han visto lo que pasa cuando las cosas colapsan totalmente, y me dijeron: ‘tenías razón’”.      

Una larga brecha

Alertas al espectro del caos social; al creciente éxodo de migrantes a través de la frontera con Colombia, que permanece oficialmente cerrada; a la propagación de grupos armados no estatales; y a los peligros del enredo militar estadounidense o ruso en Venezuela, los representantes tanto del gobierno como de la oposición llaman en privado a la moderación y el compromiso. Los esfuerzos internacionales para presionar por una solución negociada o para crear condiciones bajo las cuales unos diálogos de paz se puedan desarrollar, sobre todo por parte del Grupo de Contacto Internacional apoyado por la UE, se están intensificando. Las fórmulas para desbloquear el estancamiento entre los dos bandos están proliferando, mientras que los canales secretos para las conversaciones se construyen bajo las trincheras. Los líderes chavistas ahora hablan con franqueza de las condiciones bajo las cuales aceptarían nuevas elecciones y un posible período de oposición. "Bueno, al menos estuvimos 20 años en el poder", dice uno, estoicamente, "y la oligarquía estuvo casi 200". Las principales figuras de la oposición coquetean con la herejía al aceptar que Maduro podría permanecer en el cargo hasta que se celebren estas nuevas elecciones, posiblemente presidiendo un gobierno de tecnócratas.

Pero estas iniciativas no son más que una charla tranquilizadora a menos que resuelvan las diferencias fundamentales que la campaña de presión está, en todo caso, profundizando en lugar de mitigar. Incluso para los pragmáticos en la oposición, ninguna negociación es posible sin una clara muestra de buena fe por parte del gobierno, dado el fracaso de las rondas anteriores de conversaciones. Para ellos, buena fe significa una concesión histórica: el compromiso de que el gobierno acepte la pérdida de poder, el restablecimiento de la autoridad de la Asamblea Nacional o la reforma radical del desacreditado Consejo Nacional Electoral como primer paso hacia las elecciones anticipadas. La liberación masiva de presos políticos, del tipo que el presidente Daniel Ortega ha prometido en Nicaragua, también ayudaría a provocar un acercamiento.

Hasta que empiecen los diálogos, la campaña de presión económica persistirá y los venezolanos más vulnerables serán los más afectados.

Mientras tanto, a los ojos del gobierno, la asfixia económica que en teoría debería alentarlos a considerar las negociaciones, los lleva en cambio a creer que la oposición y Washington no desean la restauración de la democracia, sino que, en palabras de un ministro reciente, “la aniquilación política del chavismo”. Mientras que la oposición exige una muestra de sinceridad del gobierno para comenzar las conversaciones de paz, los chavistas insisten en las garantías de un trato justo al final del proceso. Desean asegurar que su movimiento sea respetado como una fuerza política, que no serán enjuiciados o expuestos a una caza de brujas, y que el nuevo gobierno respetará sus políticas sociales. Insisten en que deben tener derecho a participar en nuevas elecciones si ocurren, y mantener el poder si son ganadores. Y están convencidos de que no se puede confiar en ninguna garantía o promesa de respetar sus demandas mientras los EE. UU. mantengan su apoyo al "gobierno paralelo" de Guaidó e impongan sanciones que no se levantarán a menos que los chavistas se rindan.

La desconfianza y el dogmatismo hacen extremadamente difícil para ambas partes dar lo que el otro quiere para poder empezar las negociaciones a la brevedad. Mientras tanto, hasta que empiecen los diálogos, la campaña de presión económica persistirá y los venezolanos más vulnerables serán los más afectados. Y la presión no dará necesariamente el resultado que la oposición espera.

De vuelta en La Vega, la activista comunitaria chavista termina con su fulminante evaluación del gobierno de Maduro. Ha traicionado al pueblo, de eso está segura. Así que le pregunto cómo se sentiría si Guaidó llegara al poder. Brilla con certeza, pero de otra naturaleza. "Mírame", dice ella. Ella es negra. “No voy a volver a ser comparada con el río Guaire, con las aguas sucias del Guaire. De ninguna manera".

This text was edited on 10 April 2019 to rectify an earlier version that incorrectly suggested that Hugo Chávez was in power for twenty years. Chávez was president of Venezuela for fifteen years.