Estados Unidos – Cuba: volteando la página
Estados Unidos – Cuba: volteando la página

Estados Unidos – Cuba: volteando la página

En las siguentes tres entradas, el director del programa de Crisis Group para América Latina y el Caribe, Javier Ciurlizza, y nuestro vicepresidente y asesor especial para América Latina, Mark Schneider, anticipan cómo las medidas que adopten EE.UU y Cuba podrían transformar toda la región.

La drástica mejora que experimentaron esta semana las relaciones entre EE.UU y Cuba, y la posibilidad de que EE.UU levante su embargo de varias décadas contra la isla, prometen transformar las relaciones políticas en todo el hemisferio.

El fin de la “anomalía hemisférica”

Los anuncios de los presidentes Obama y Castro fueron recibidos con entusiasmo en toda Latinoamérica, desde México a Argentina, y en al menos algunos sectores de Venezuela. Si bien aún queda mucho camino por recorrer hasta lograr una verdadera normalización de las relaciones entre estos los dos países, los anuncios al menos representan el fin de 60 años de Cuba como “anomalía hemisférica”.

El embargo de EE.UU contra Cuba, en vigor desde 1961, fue solo la más explicita de varias sanciones y decisiones que en la práctica aislaron a Cuba del resto del continente. Expulsada de la Organización de Estados Americanos (OEA) y excluída de las cumbres, la nación caribeña se vio más atrapada que otros países en las maniobras de los protagonistas de la Guerra Fría. En las décadas de los 60 y los 70, los países latinoamericanos se alinearon con los Estados Unidos. En los 80, comenzaron a mostrar una creciente solidaridad con su vecino excluido.

En los últimos 20 años, un periodo caracterizado tanto por el retorno a la democracia como, en muchos países latinoamericanos, por un marcado giro hacia la izquierda, la cuestión de Cuba dejó de ser tabú y pasó integrar permanentemente la agenda política regional, con el apoyo incluso de naciones cuya ideología las distanciaba de La Habana. De hecho, el rechazo del embargo fue una de las pocas cosas sobre las que los políticos desde Río Grande hasta la Patagonia podían ponerse de acuerdo.

Poco a poco, el embargo llegó a aislar a EE.UU además de a Cuba. La agresiva aplicación de sanciones contra otros países latinoamericanos que comerciaban con la isla generó resentimiento. Asimismo, distorsionó las relaciones internacionales en la región. Algunos medían la amistad entre naciones en función de la fortaleza de sus respectivas posturas ante el embargo. Otros quedaron atrapados en un discurso antimperialista que menoscababa la solidaridad regional cuanto más insistía en ella. La cuestión cubana sembró sospechas y elevó la temperatura cuando lo que hacía falta era enfriarla.

La normalización de las relaciones, por tanto, no concierne solo a EE.UU y Cuba, sino a todo el continente. Sin duda, Cuba asistirá por fin a una Cumbre de las Américas – la que se celebrará en abril en Panamá – como sugirió el presidente Obama, y en la próxima asamblea general de la Organización de Estados Americanos, que tendrá lugar en junio en Asunción, Paraguay, se solicitará enérgicamente que se restaure su plena membresía de la OEA.

Cuba ha trabajado para lograr esta normalización, por ejemplo mediante sus esfuerzos por combatir el Ébola, como mencionó Obama. Pero yo diría que hay dos razones no reconocidas que probablemente hayan tenido mayor peso: lo que Cuba está haciendo por Colombia, y lo que podría hacer por Venezuela.

El proceso de paz de Colombia, que está teniendo lugar gracias a la hospitalidad de los hermanos Castro, no habría avanzado como lo ha hecho de no ser por la estrecha colaboración de Cuba, incluidas su participación en la delicada negociación de rehenes que se llevó a cabo recientemente, y el fuerte (aunque implícito) mensaje de La Habana de que realmente ha llegado el momento de poner fin al último gran conflicto armado del hemisferio. El presidente Santos no ha escatimado elogios hacia Cuba, cuya continua participación en el proceso es la principal garantía del éxito de las negociaciones.

En el caso de Venezuela, la presión de Cuba para lograr una solución pacífica a la crisis política podría ser clave. Cuba ha recibido la señal que necesitaba de EE.UU de que ya no dependerá por completo de la empresa petrolera venezolana y el programa de apoyo del gobierno chavista Petro Caribe para cubrir sus necesidades energéticas.

La presencia y activa participación de Cuba en las instituciones hemisféricas solo puede ser algo positivo. No obstante, la región no debería abandonar sus compromisos con la democracia y los derechos humanos; en este sentido, los cubanos deben demostrar que están dispuestos a comprar todo el paquete, no solo el postre. La liberación de más de 50 presos políticos debería ir acompañada de la restauración de la plena participación de Cuba en el sistema de tratados internacionales de derechos humanos, y una pronta visita de la Comisión Internacional de Derechos Humanos. Estas otras expresiones de intenciones nos permitirán seguir celebrando esta excelente noticia.

-Javier Ciurlizza

La nueva normalidad

La ausencia de relaciones normales entre Washington y La Habana es el último vestigio de la guerra fría en las Américas. El anuncio del presidente Obama de que la semana pasada habló con Raúl Castro, luego de 18 meses de negociaciones secretas, para sellar un acuerdo para normalizar las relaciones diplomáticas, indica que el siglo 21 ha llegado a las relaciones entre Estados Unidos y el resto de los países del hemisferio.

El anuncio de Obama de que más de 50 presos políticos serían liberados con la opción de permanecer en Cuba o dejar el país, que al CICR y al relator de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos se les volvería a permitir la entrada, y que los cubanos verían enormemente ampliado su acceso a internet, demuestra, con más una contundencia que va más allá de la retórica, que los derechos humanos y la democracia siguen siendo prioridad en la agenda estadounidense.

Mientras voces conservadoras de ambos partidos políticos estadounidenses se apresuraron a criticar duramente la decisión de Obama, la realidad es que, en encuesta tras encuesta, la mayor parte de la población norteamericana, ha mostrado un apoyo mayoritario a la normalización de las relaciones con Cuba. Y el porcentaje en Florida, donde los jóvenes cubano-americanos sobrepasan en número a la generación de sus padres, es aún mayor. Para los productores agrícolas en ambos países y para los pequeños negocios a los que las recientes reformas económicas cubanas han dado mayor lugar, el levantamiento de las restricciones probablemente obtenga el apoyo de ambos partidos.

Es poco probable que se eliminen las restricciones legislativas directas al comercio entre EE.UU y Cuba en el futuro próximo, y es muy posible que el nombramiento de un embajador se vea demorado debido a la oposición del Congreso. Pero el alto funcionario del Departamento de Estado que actualmente lidera la misión en Cuba, Jeffrey DeLaurentis, ya ostenta el título personal de embajador, ya que fue embajador adjunto de EE.UU ante la ONU.

Un vez que concluya la revisión semestral – obligatoria por ley – de otro tema residual, la designación de Cuba desde 1982 como país que apoya el terrorismo, es virtualmente seguro que el Presidente eliminará a Cuba de esa lista. El hecho es que Cuba ya coopera con Canadá, Europa y las Naciones Unidas en la lucha contra el terrorismo. El anuncio del Presidente de que asistirá a la Cumbre de las Américas que se celebrará la próxima primavera en Panamá – a la cual Raúl Castro ya ha aceptado su primera invitación – preludia el fortalecimiento del proceso de la Cumbre.

Para los Estados Unidos, este anuncio tiene un beneficio adicional: termina con el aislamiento del país con relación a las demás naciones de América Latina y el Caribe que había generado el embargo. Aunque tal vez no fuera la prioridad más alta en la agenda de política exterior de la mayoría de las naciones de América Latina y el Caribe, era irritante y dificultaba la cooperación con los Estados Unidos en otras preocupaciones hemisféricas e internacionales.

Finalmente, Cuba ha sido durante mucho tiempo uno de los dos países Latinoamericanos cuyas voces se escuchan claramente en Caracas. La decisión de ayer podría llevar a ambos países a presionar a Venezuela para que inicie un proceso para alcanzar un acuerdo real con la oposición, y así evitar un desastroso conflicto civil. Este anuncio podría – si todos cumplen sus promesas– significar un nuevo comienzo en las relaciones entre Estados Unidos y América Latina.

-Mark L. Schneider

Cuba, el problema de Venezuela

Cuba es el aliado más cercano de Venezuela. No solo recibe subsidios multimillonarios, incluidos cerca de 100 mil barriles diarios de crudo y derivados a precios de concesión, sino que sus cuadros políticos, militares y de inteligencia han penetrado los niveles más altos del régimen venezolano. Los subsidios son presentados al público venezolano como compensación por la “solidaridad” cubana de proveer médicos, profesores e instructores deportivos que participan en las misiones dirigidas ayudar a los pobres y excluidos. Y sin embargo, por más que el gobierno venezolano celebre este vínculo fraternal, el presidente Nicolás Maduro parece haberse enterado del acercamiento entre La Habana y Washington por medio de la prensa.

Maduro, quien estaba participando en la Cumbre del Mercosur cuando se conoció la noticia, había criticado anteriormente como “insolente” la legislación estadounidense que impone sanciones a supuestos violadores de derechos humanos de su gobierno. Pero su tono se suavizó marcadamente tras el anuncio del acuerdo entre Estados Unidos y Cuba. No solo alabó el “valiente gesto” del presidente Obama, sino que se refirió a Estados Unidos como el “gigante del Norte” y no con el epíteto revolucionario estándar de “el imperio”. Más tarde, indicó que Venezuela estaba comprometida a buscar mejores relaciones con Washington, aunque en días recientes había admitido sentirse “tentado a romper las relaciones”.

El gobierno de Maduro enfrenta un dilema. El antimperialismo es el pegante que mantiene a la heterogénea revolución chavista unida. Pero no puede darse el lujo de embarcarse en una confrontación con los Estados Unidos en un momento en el que los bajos precios del petróleo han convertido una ya difícil situación económica en una potencial catástrofe. Los cubanos, al parecer, han estado negociando con Washington desde que Maduro llegó al poder, luego de la muerte de Chávez el año pasado. La Habana es consciente de que, con la economía venezolana deslizándose hacia la recesión, el petróleo subsidiado para los vecinos – por más revolucionarios que sean – se vuelve cada vez menos viable política y económicamente. Pero la distensión entre La Habana y Washington amenaza con quitarle a Maduro el enemigo externo que necesita para unir a sus partidarios.
Aun peor, el hecho que Raúl Castro haya dejado a su aliado en la sombra sobre las negociaciones indudablemente ocasionará nuevas tensiones entre las variadas facciones chavistas. Para muchos en las fuerzas armadas principalmente, la presencia de personal cubano en las barracas, con autoridad sobre sus contrapartes venezolanas, ha sido fuente de considerable descontento. Ahora que parece que el intercambio de inteligencia es en un solo sentido, esta rabia puede profundizarse, justo cuando la pérdida de apoyo del presidente está levantando dudas acerca de la lealtad de las fuerzas armadas.

Sin embargo, las relaciones más cercanas entre Cuba y Estados Unidos podrían potencialmente tener un impacto más positivo en Venezuela. La negativa hasta ahora del gobierno de Maduro de embarcarse en una reforma económica o participar en diálogos genuinos con la oposición se ha debido en parte a la percepción de tener el apoyo de sus vecinos. Aunque parezca irónico, Cuba es uno de los pocos países con suficiente influencia sobre Caracas para encaminar a Venezuela en una dirección más pragmática. La bola está definitivamente en la cancha de Cuba.

Pero también está en la cancha de los Estados Unidos. Las sanciones unilaterales contra Cuba han sido atacadas por el mismo gobierno que recientemente aprobó medidas – aunque mucho menos drásticas – contra funcionarios venezolanos supuestamente implicados en violaciones de los derechos humanos. Ahora que el debate y el acuerdo parecen posibles incluso entre Washington y La Habana, todas las partes deberían tomar el ejemplo y emplear el diálogo como la principal herramienta para evitar la confrontación violenta en Venezuela.

-Javier Ciurlizza

Contributors

Former Program Director, Latin America
Former Senior Adviser

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