Libia: Una Transición Pacífica en la Era Pos-Gadafi
Libia: Una Transición Pacífica en la Era Pos-Gadafi
What Could Possibly Go Wrong in Libya?
What Could Possibly Go Wrong in Libya?

Libia: Una Transición Pacífica en la Era Pos-Gadafi

Mientras los libios se preparan para el colapso inminente del régimen de Muamar el Gadafi, el país enfrenta un momento crítico de proporciones históricas. Los pasos que se tomen en los próximos días y semanas, delinearán de manera decisiva el orden de la era pos-Gadafi. El  nuevo y todavía naciente liderazgo libio, enfrenta un legado dual y difícil que necesita ser enfrentado. Son cuatro décadas de un régimen autocrático que no construyó instituciones estatales genuinas y seis meses de guerra civil que, junto con las inevitables pérdidas materiales y humanas, expuso viejas divisiones y fisuras al tiempo que promovió nuevas. El reto para este liderazgo, así como para los actores internacionales que facilitaron el acceso a Trípoli, tiene tres aspectos simultáneos: establecer un gobierno de transición efectivo y representativo; enfrentar los riesgos inmediatos de seguridad y encontrar un balance apropiado entre, por una parte, la búsqueda de la justicia y la rendición de cuentas y, por la otra, el imperativo de evitar ajustes de cuentas arbitrarios y venganzas.

Mientras que las fuerzas rebeldes ingresan a Trípoli, se enfrentarán con el colapso de un cuasi-Estado, el “Yamahiriya”, o así llamado “estado de las masas” – un artilugio mal construido por Muamar el Gadafi. Sin importar lo sincero que fue en su concepción revolucionaria, se convirtió en un vehículo para desarrollar sus ambiciones personales y políticas. Es este desafío dual – reemplazar un régimen autocrático y reconstruir un nuevo Estado desde sus bases – lo que será tan desafiante para el nuevo liderazgo.

Complican esta tarea las inevitables dificultades en establecer la legitimidad nacional de los nuevos líderes de Libia. El  Consejo Nacional de Transición (CNT), creado en la ciudad de Bengasi, en manos de los rebeldes desde marzo de 2011, podría reclamar la representación de los libios en las áreas libres del control del régimen. Ha hecho un trabajo extraordinario al constituir instituciones básicas que administren la vida civil en estas áreas y en convocar apoyo internacional. Sin embargo, el CNT no podía reclamar representar a todos los libios, aún si reflejase ampliamente sus aspiraciones. La simple razón es que la mayoría de la población, especialmente en la capital Trípoli, no estaba en posición de expresar libremente sus opciones o participar abiertamente en el CNT, cuya membresía correspondía, por defecto, a las zonas liberadas. El CNT tendrá ahora que reflejar en sus filas a todo el país y a su diversidad, y fusionar sus operaciones administrativas con aquellas de las instituciones públicas que aún quedan en pie y que funcionan.

Seis meses de insurgencia, si bien exitosa, creó, sacó a luz y exacerbó las divisiones dentro del país a lo largo de sus líneas regionales, étnicas o tribales. Esto se vio también dentro del liderazgo rebelde, como fue evidente el 28 de julio, con el asesinato, aparentemente a manos de los rebeldes, del comandante rebelde Abdel Fatah Younis. El choque por la competencia de legitimidad es virtualmente inevitable: entre las fuerzas establecidas en el este y aquellas basadas en el oeste;  entre los que dispararon primero y los que entraron primero a Trípoli; entre aquellos que permanecieron el Libia durante la era de Gadafi (y, en algunos casos, trabajaron para el régimen anterior) y aquellos que regresaron de la diáspora. Habrá también tensiones entre las fuerzas seculares e islamistas. Nada de esto sugiere que será imposible crear un gobierno unificado, o una fuerza militar única bajo control civil. Simplemente significa que se necesitará mucho trabajo para reducir rápidamente el riesgo real de que el país se deslice hacia el caos.

En este contexto, los mandatarios libios necesitarán concentrar su atención de manera urgente en las siguientes áreas:

Legitimidad política: los nuevos líderes libios, comandados por el CNT, deberán convocar lo más pronto posible una reunión inaugural del consejo, invitando a representantes de todas partes del país y facciones de la sociedad, así como de la oposición (varios grupos insurgentes, grupos de resistencia local clandestinos en Trípoli y a nivel nacional) a participar. Sin duda, el CNT debe procurar ser totalmente inclusivo. Debe tomar en cuenta a miembros legítimos del anterior régimen que no han sido perpetradores directos de abusos de derechos humanos, a riesgo que su exclusión propiciará las condiciones para la creación de una futura insurgencia del tipo que devastó a Irak después del 2003. El CNT debe procurar ser transparente en sus acciones. Junto con líderes locales y grupos rebeldes, debe comunicar sus decisiones de forma clara, explicando su motivación en cada paso que de. Se trata de una situación donde es posible que la población cultive una desconfianza innata a las autoridades. Es particularmente importante para los libios la transparencia en contratos y el suministro de servicios. El consejo ampliado deberá poner en claro que su trabajo es estrictamente provisional y que sus responsabilidades atañen a los asuntos que se van presentando día a día en el país. Su centro de atención deberá estar enfocado en proveer ley y orden, así como asegurar el funcionamiento de servicios esenciales hasta que se puedan tener elecciones.

Seguridad, ley y orden: La forma en la que los nuevos líderes lidien con la ley y el orden será esencial para determinar las percepciones populares de sus habilidades para manejar el país durante el período de transición. En los primeros días decisivos, los anteriormente llamados grupos rebeldes deberán llenar el vacío de seguridad que dejará la rendición o desaparición de las fuerzas de seguridad del antiguo régimen. Deberán, asimismo, dar un alto a la distribución de armas a la población y más bien para comenzar a recolectarlas y resguardarlas. Necesitarán integrar cualquier elemento apto de las fuerzas de seguridad del antiguo régimen en una nueva estructura liderada por comandantes designados y supervisados por el consejo transicional. Los diversos movimientos comunitarios de rebeldes, sus varios líderes y comandantes deberán proteger y asegurar el bienestar de todos los libios, con especial cuidado de los desplazados, nacionales libios o no. Se debe prestar particular atención a proteger a los ciudadanos de las naciones sub-saharianas que fueron involucrados en el conflicto, ya sean víctimas desafortunadas, mercenarios o migrantes desplazados. De la misma forma, existe el riesgo de que nacionales libios de origen Sahariano o sub-Sahariano puedan ser víctimas de acciones vengativas o retributivas. se Se deben tomar todas las medidas posibles para proteger a grupos como los Mashashia, los Twergha, y otros nativos libios provenientes del centro y sur del país.

Justicia transicional y reconciliación: Una de las omisiones más notorias de la transición del  régimen tirano en Irak fue el fracaso de los nuevos gobernantes para establecer un mecanismo de rendición de cuentas de aquellos que cometieron grandes crímenes. Al mismo tiempo permitieron a otros borrar sus delitos u obtener perdón bajo la condición de la confesión completa de su participación en el régimen. La política de de-Baathificación se convirtió en un instrumento de privación de derechos y de retribución. Esto explica la incapacidad permanente de Irak de dar un cierre definitivo a su pasado y da cuenta de la tendencia continua del país hacia la insurgencia.

Los libios no deberán ser llevados por este camino destructivo de ajuste de cuentas politizado y de cacería de brujas. Una de las tareas del consejo transicional deberá ser exigir a los combatientes bajo su comando y a la población en general el rechazo de cualquier retaliación contra los elementos constitutivos del antiguo régimen. También hacia los miembros de la familia Gadafi, quienes deben ser tratados de acuerdo a los principios de la ley internacional. Aquellos sospechosos de crímenes deberán ser detenidos y llevados a la justicia ante instituciones judiciales adecuadas. El consejo también deberá designar una comisión especial, conformada por figuras libias de reputación y preparación impecables, para el procesamiento de personas acusadas de crímenes.  El propósito es la re-integración de la mayoría de ellos en la sociedad, mientras que los criminales de mayor perfil, incluyendo el círculo cercano a Gadafi, sean entregados a las cortes (y aquellos acusados por la Corte Penal Internacional a la Haya).

El conjunto de estas prioridades – bien sea haciendo un llamado a un consejo transicional representativo; reforzando la ley y el orden de la mano de una recolección de armas eficiente; o poniendo en marcha mecanismos de justicia transparentes – requerirá una comunicación clara y consistente por parte del liderazgo emergente. En contextos volátiles, como el que vive Libia en este momento, el riesgo de desinformación – y en consecuencia pánico – es alto. La comunicación efectiva deberá ser, desde el principio, una de las prioridades. Al respecto, afirmaciones provenientes del liderazgo del CNT deberán promover en la población libia autocontrol, respeto al Estado de Derecho, la evasión de la toma de justicia en manos de la sociedad civil y el respeto al debido proceso a figuras del régimen de Gadafi.

Los miembros de la comunidad internacional deberán igualar su campaña militar con un esfuerzo nuevo y equivalente en términos políticos, diplomáticos, de reconstrucción y desarrollo. En este contexto, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) deberá jugar un papel protagónico en el proceso de transición. Al tiempo que se provee ayuda a Libia, los actores internacionales deberán alejarse de cualquier tendencia de imponer condiciones sobre la ayuda internacional otorgada. Más bien deberían realizar un acercamiento cooperativo a través de la ONU, para entregar la asistencia requerida por el consejo transicional y eventualmente por sus sucesores. A corto plazo, existe el riesgo que una crisis humanitaria, y – además del retiro de sanciones por parte del Consejo de Seguridad de la ONU – significativos esfuerzos internacionales deberán ser dirigidos a proveer sustento y refugio a aquellos con mayor necesidad.

En tanto las luchas recientes que buscan derrocar el régimen de Gadafi parecen llegar a su fin, comienzan los esfuerzos para construir una nueva Libia. Su nuevo gobierno representativo debe cumple las aspiraciones más elementales de su pueblo y evitar la retaliación de rencillas pasadas. En medio de la euforia comprensible que vive el mundo hoy, la magnitud de los desafíos de mañana no deben ser subestimados.

Political legitimacy

Libya’s new leaders, led by the TNC, should convene, at the earliest opportunity, an inaugural council meeting in Tripoli, inviting representatives from all parts of the country and all strands of society and the opposition – various rebel groups, as well as local underground resistance groups in Tripoli and elsewhere – to participate. Indeed, the TNC should strive to be fully inclusive, embracing qualified former-regime elements who were not direct perpetrators of human rights abuses, lest their exclusion create the conditions for a future insurgency of the kind that blighted post-2003 Iraq. The TNC should strive to be transparent in its actions and, along with local leaders and rebel groups, should communicate its decisions clearly, explaining its motivation for each step in a situation where people can be expected to harbour an innate distrust of authority. Particularly important to Libyans is transparency in contracts and provision of services. The expanded council should continue to make clear it is a strictly provisional body charged with managing day-to-day affairs. Its focus should be on providing law and order and ensuring proper delivery and functioning of essential services until elections can be held.

Security, law and order

How the new leaders deal with law and order will be essential in determining popular perceptions of their qualifications to run the country in the interim period. In the critical first days, the erstwhile rebel groups should fill the security vacuum left by the surrender or disappearance of the former regime’s security forces. They should stop distributing arms to the population and instead begin collecting and securing them. They should integrate whatever viable elements of the former regime’s security forces can be retained into a new structure led by commanders appointed and supervised by the interim ruling council. The disparate, mostly community-based rebel movements and their various leaders and commanders should take steps to protect and ensure the well-being of all Libyans, with special care for internally displaced people, Libyans and non-Libyans. Particular attention should be paid to protecting citizens of sub-Saharan nations who were swept up in the conflict, whether as hapless victims, paid mercenaries or misplaced migrants. There is also a risk that Libyans of Saharan or sub-Saharan African origin could be victimised by retributive or retaliatory actions. In this respect, every effort should be made to protect groups such as the Mashashia, the Twergha and other native Libyans from the country’s centre and south.

Transitional justice and reconciliation

One of the most glaring omissions of Iraq’s transition from tyranny was the new rulers’ failure to establish a mechanism to hold to account those who committed major crimes, while allowing others to clear their record or obtain pardon on condition they provided full disclosure of their participation in the regime. Instead, de-Baathification became a political instrument of disenfranchisement and retribution. This explains Iraqis’ enduring inability to reach a degree of closure about the past and accounts for the continuing impetus toward insurgency.

Libyans should not be led down this destructive track of politicised score-settling and witch-hunts. One of the interim ruling council’s immediate tasks should be to urge fighters under its command and the population at large to foreswear any reprisal against former-regime elements, including members of the Qadhafi family, who should be treated in accordance with principles of international law. Those suspected of crimes should be detained and brought to justice before proper judicial institutions. The council also should establish a special commission, comprising independent Libyan figures of impeccable qualifications and reputation, charged with processing persons accused of crimes with a view to integrating most back into society while handing the worst offenders, including Qadhafi’s inner circle, over to the courts (and those indicted by the International Criminal Court to the ICC in The Hague).

All of these priorities – whether calling together a truly representative interim council; ensuring law and order along with efficient weapons collection; or putting in train transparent justice mechanisms – will require clear, consistent messaging on the part of the emerging leadership. In fluid situations such as prevail now in Libya, the risk of misinformation – and consequent panic – is acute. Emphasis must be placed, from the start, on effective communication. In this respect, initial statements emanating from the TNC leadership to the effect that all Libyans should show self-restraint, respect the rule of law, avoid street justice and accord due process to figures from the Qaddafi regime are to be welcomed – and put into effect.

Members of the international community should match their military campaign with a new and commensurate political, diplomatic and reconstruction/development-focused effort. In this context, the UN should be given a central role in the transition process. In providing assistance to Libya, however, international actors they should steer clear of any overbearing tendency to dictate terms for international aid, instead working jointly through the UN to deliver assistance requested by the interim ruling council and eventually its elected successors. In the short term, there is the risk of a humanitarian crisis, and – in addition to the lifting of sanctions imposed by the UN Security Council -- significant international work should go into helping provide sustenance and shelter to those in need.

As the struggle to bring an end to the Qadhafi regime comes to a close, the effort to build a new Libya whose government is representative, which meets the basic aspirations of its people and avoids the settling of past scores begins. Amid today’s understandable euphoria, the magnitude of tomorrow’s challenge ought not be underestimated.

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