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Education Reform in Pakistan
Education Reform in Pakistan
Table of Contents
  1. Executive Summary
Punto muerto prolongado entre India y Pakistán
Punto muerto prolongado entre India y Pakistán
Report 257 / Asia

Education Reform in Pakistan

To combat religious extremism and sectarian violence, Pakistan must reform its education sector by boosting resources to public schools and updating the school curriculum to improve quality and remove divisive and discriminatory narratives.

Executive Summary

In April 2010, the eighteenth constitutional amendment committed Pakistan to free and compulsory education for all children between the ages of five and sixteen. Yet, millions are still out of school, and the education system remains alarmingly impoverished. The madrasa (religious school) sector flourishes, with no meaningful efforts made to regulate the seminaries, many of which propagate religious and sectarian hatred. Militant violence and natural disasters have exacerbated the dismal state of education. Earthquakes and floods have destroyed school buildings in Balochistan, Sindh, Khyber Pakhtunkhwa (KPK) and Punjab, disrupting the education of hundreds of thousands of children. Militant jihadi groups have destroyed buildings, closed girls’ schools and terrorised parents into keeping daughters at home; their attacks made global headlines with the shooting of schoolgirl and education activist Malala Yousafzai in October 2012. The public education system needs to foster a tolerant citizenry, capable of competing in the labour market and supportive of democratic norms within the country and peace with the outside world.

More than nine million children do not receive primary or secondary education, and literacy rates are stagnant. Pakistan is far from meeting its Millennium Development Goal (MDG) of providing universal primary education by 2015. The net primary school enrolment rate in 2012-2013 is a mere 1 per cent increase from 2010-2011. There are significant gender disparities and differences between rural and urban areas. The combined federal/provincial budgetary allocation to education is the lowest in South Asia, at 2 per cent of Gross Domestic Product (GDP).

If Pakistan is to provide all children between five and sixteen free and compulsory education, as its law requires, it must reform a system marred by teacher absenteeism, poorly maintained or “ghost schools” that exist only on paper and a curriculum that encourages intolerance and fails to produce citizens who are competitive in the job market. Private schools, increasing largely in response to these shortcomings, account for 26 per cent of enrolment in rural areas and 59 per cent in urban centres but vary greatly in methodology, tuition and teacher qualifications.

The eighteenth constitutional amendment devolved legislative and executive authority over education to the provinces to make it more responsive to local needs. Given the scale of those needs, donors and the private sector must be key partners, but provincial governments need to become the principal drivers of reform. They should reverse decades of neglect by giving government-run schools adequate materials and basic facilities such as boundary walls and toilets. They should also tackle teacher absenteeism and curb nepotism and corruption in appointments, postings and transfers.

To counter the challenge from the private schools, and madrasas and religious schools of Islamic parties and foundations that fill the gaps of a dilapidated public education sector but contribute to religious extremism and sectarian violence, the state will have to do far more than just increase the numbers of schools and teachers. Curriculum reform is essential and overdue. Provincial governments must ensure that textbooks and teachers no longer convey an intolerant religious discourse and a distorted narrative, based on hatred of imagined enemies, local and foreign.

Islamabad/Brussels, 23 June 2014

Op-Ed / Asia

Punto muerto prolongado entre India y Pakistán

Originally published in Política Exterior

El subcontinente ha vivido hostilidades, particiones, matanzas colectivas e incluso genocidios; para alcanzar una paz duradera, el conflicto centenario entre India y Pakistán debe ser abordado. Pero el fallo de los líderes de la región a la hora de aprender de los errores del pasado continúa amenazando con serias implicaciones para su futuro. Esto se hizo evidente en las celebraciones de India y Pakistán por el Día de la Defensa, el 6 de septiembre de 2015. Ese día, en 1965, ambos países entraron en guerra. Las celebraciones del año pasado alcanzaron un nuevo máximo de patrioterismo y cada Estado declaró su victoria sobre el otro. Un oficial indio avisó a Pakistán de que o se “comportaba” o tendría que estar preparado para sufrir ataques desde la frontera. En respuesta, Pakistán advirtió de que dichos ataques podrían tener una respuesta nuclear.

Las escaramuzas en la frontera ya han matado a civiles y militares inocentes a ambos lados: cada uno ha acusado al otro de comenzar el fuego. Los medios han utilizado la tragedia, añadiendo combustible a unas hostilidades que ya ardían entre los dos vecinos.

Esta imagen de hostilidad, sin embargo, no es compartida por la mayoría de la gente. Un niño pakistaní que viajó a India para recibir tratamiento para su corazón enfermo fue recibido cálidamente por los indios. Los comerciantes pakistaníes y los taxistas rechazaron cobrar a los visitantes indios en un partido de cricket en Lahore. Una película india que mostraba cómo un joven indio rescataba a una niña pakistaní que no podía hablar y conseguía reunirla con su familia, fue un éxito en ambos países. Los empresarios han pedido la libertad de comercio entre ambos países. Los viajes al país vecino han saturado las oficinas de visados de los consulados de India y Pakistán. Sin embargo, la paz no está a la vista.

La clase dominante pakistaní insiste en que no podrá haber ningún diálogo significativo con India sin una resolución de la disputa por Cachemira.

India, por otro lado, está de acuerdo en discutir la cuestión “K” –como ellos la describen– si Pakistán realmente se compromete a dejar de proteger y patrocinar el terrorismo. Las negativas y acusaciones no tienen fin. El amor de los habitantes de Cachemira por Pakistán todavía no ha traído ninguna compensación. Por el contrario, el movimiento de liberación de Cachemira perdió terreno moral después de ser infiltrados por militantes exportados por los pakistaníes, un desarrollo que ha dado al Estado indio una excusa para aumentar la represión en el Valle de Srinagar, donde los musulmanes son mayoría. Los políticos en India y los líderes militares en Pakistán continúan jugando a los extremos dentro de sus países: las políticas comunales en India tienen atractivo electoral, mientras que los militares pakistaníes se apoyan fuertemente en el nacionalismo y los sentimientos islamistas para ejercer el poder abierta o encubiertamente.

Las tensiones entre India y Pakistán se desbordan por toda la región.

Ambos países llevan a cabo una guerra subsidiaria en Afganistán: mientras India gasta enormes cantidades en levantar infraestructuras en el país, Pakistán mantiene una cómoda relación con los talibán afganos con la esperanza de influir en el curso político nacional. Nepal es usado por los servicios de inteligencia de ambos países para infiltrarse en el otro con espías. La Liga Awami en Bangladesh es percibida como pro-India: su archirrival es apoyado, por tanto, por Pakistán.

Las divisiones se han agudizado también por las propuestas para permitir a China un corredor económico que le dé acceso al puerto pakistaní en Baluchistán – Pakistán está totalmente a favor y ha advertido de que no permitirá ningún disturbio en este corredor. La cúpula del ejército, encargada de ejecutar la política exterior pakistaní, tiene el control total de la seguridad en Baluchistán, donde busca aplastar una insurgencia violenta. El ejército mantiene que India apoya a los militantes baluchíes y planea hacer frente a los “malhechores” en Baluchistán con mano dura. No hace falta decir que la situación en la provincia sigue siendo volátil.

La estabilidad en el sur de Asia solo puede ser alcanzada si hay un armisticio entre India y Pakistán.

Todos los partidos políticos de Pakistán apoyan las conversaciones y la construcción de una paz con India, pero el poder real descansa en el ejército. En India ocurre igual: los políticos seculares quieren diálogo, pero el ala de ultraderecha mantiene su influencia. A no ser que la política interior de ambos países tome un giro conciliador, las conversaciones de paz continuarán interrumpidas. Por tanto, es fundamental que la comunidad internacional adopte una política a largo plazo hacia la región en lugar de seguir centrándose en las ganancias a corto plazo. Las iniciativas políticas deberían estimular la construcción paso a paso de una relación: el primer paso podría ser la retirada de las tropas de ambos países del Glaciar de Siachen(Cachemira), donde desde los años noventa ambos ejércitos se han mantenido a pesar de la pérdida de alrededor de 2.000 soldados por las extremas condiciones climáticas.

Ciertamente, el enfoque actual –que incluye el elogio del primer ministro indio y actividades que solo sirven para construir la imagen pública del jefe del ejército pakistaní– resultará contraproducente en última instancia. Al mirar hacia el futuro, hay una cosa cierta: si a comunidad internacional falla a la hora de alentar a estos dos países a resolver sus asuntos pendientes, el sur de Asia seguirá siendo rehén de promotores de guerras y políticas sectarias.